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Con el regreso de Remil, Jorge Fernández Díaz desnuda los secretos de los servicios de inteligencia y las cloacas del poder

Conozco a Remil.Conozco, para ser precisos, a varios remiles.Conozco unos cuantos hombres y mujeres que se mueven por los sótanos turbios de la democracia, a caballo de la “razón ...

Conozco a Remil.

Conozco, para ser precisos, a varios remiles.

Conozco unos cuantos hombres y mujeres que se mueven por los sótanos turbios de la democracia, a caballo de la “razón de Estado” y la “seguridad nacional”. Operativos que parecen sacados de la pluma de Jorge Fernández Díaz. O al revés. Quizá el laureado escritor y periodista se limitó a plasmar en papel lo que esos “servicios” ásperos, a veces brutales, le confiaron, bajo condición de anonimato.

Y así volvió Remil. El todoterreno, mal arriado y querible está de vuelta en El hombre que quería matar a Pérez-Reverte y otras misiones de Remil, la cuarta entrega de la saga, y nos obliga a preguntarnos dónde termina la ficción y dónde comienza la realidad. O viceversa. Porque Remil es más que un personaje “verosímil”, es un operativo como tantos que podemos cruzarnos en las calles de Buenos Aires, en el “terreno”, en cualquier punto del país o más allá de las fronteras, sólo que no los detectamos. Porque esa es una premisa clave del buen agente: pasar desapercibido.

El libro, que publica Editorial Planeta y llega a las librerías en estos días, reúne en 208 páginas 30 episodios o “misiones” de Remil, que tuvieron como germen aquellas pocas entregas que disfrutamos en “Política Ficción”, la serie que LA NACION publicó cada domingo de este verano, entre enero y marzo, imbuido de realidad, en las antípodas de Bond.

La criatura de Ian Fleming resulta, en efecto, demasiado obvia. Reparte sopapos enfundado en su smoking tailor made, tras beber un Martini o dos, seducir a una beldad y conducir un descapotable de colección por las calles de Mónaco, de Venecia o del Peloponeso, como para llamar más la atención. La antítesis, pues, del buen espía. O, al menos, de los agentes más efectivos de la historia. Esos hombres y mujeres que se infiltraron en territorio enemigo, que generaron o evitaron catástrofes, que obtuvieron planes militares y secretos nucleares, o que desataron nudos diabólicos. Hombres y mujeres que cambiaron el mundo desde las sombras.

Hay hombres y mujeres así en la Argentina. Me consta. El “hombre de la camisa azul” es uno de ellos. Fue el referente del equipo que siguió los pasos de dos espías que Vladimir Putin desplegó en la Argentina entre 2009 y 2022. Dos “durmientes” del servicio de espionaje exterior ruso (SVR) que aquí tuvieron dos hijos, mientras construían sus “leyendas” y transmitían datos al Kremlin, antes de pasar a la fase decisiva de su misión: Europa.

REMIL UNA ARDIENTE GUERRA FRIA _ DESKTOP

El nombre y apellido del “hombre de la camisa azul” es secundario, como lo es con “Remil”, el “hijo de remil putas” que trabaja a las órdenes de Cálgaris —su jefe en “La Casita”, un servicio de inteligencia paralelo que no figura en ningún organigrama oficial del Estado argentino. Conocer sus recorridos resulta valioso, claro. Pero lo esencial es observar cómo se mueven, qué hacen, cómo obtienen información, cuáles son las líneas rojas que no están dispuestos a cruzar… y cuáles sí. Sea por motivos válidos… o no. Basta escuchar el diálogo de Remil con su jefe Cálgaris y el Salteño para reconocerlos.

Remil y el Salteño son dos veteranos de Malvinas. Y, al decir de Fernández Díaz, “dos huérfanos desnutridos y prematuramente gastados, que no tenían adónde volver ni qué hacer con sus vidas”.

-¿Se acuerdan cuál fue mi primera arenga?-, los sondeó Cálgaris.

-Unos hacen la historia, otros se limitan a verla pasar-, rememoró el Salteño-. Los segundos mueren en la cama, los primeros en el barro.

El coronel lo aprobó con un movimiento de cabeza, mientras sus ojos glaucos miraban más allá: “Metidos en el barro de la historia hasta el cuello”, completó, “masticando el barro de las cloacas”.

Fue Remil quien completó el cuadro:

-Que fabricamos cada día.

Fernández Díaz sabe de esas aguas y de esos barros. Debió chapotear en ellos en sus 40 años como cronista policial, periodista de investigación y jefe de redacciones de diarios y revistas. Un recorrido que lo llevó a codearse con princesas y mendigos, cruzar información con jefes de Estado y truhanes, emborracharse con espías y prostitutas, cenar con detectives y tahúres.

Son esos “remiles”, esos hombres y mujeres “de la camisa azul” -cuyo color nada tiene que ver con alguna fuerza de seguridad-, los que se mueven en las sombras, y Fernández Díaz expone a la luz. Son ellos los que velan por la seguridad de los líderes más valiosos… o los aprietan, que compran buchones o convocan “Julietas”. Y también rompen piernas con la misma eficacia que cuidan a patanes de póster, incluso de ellos mismos.

Son ellos, por ejemplo, quienes buscarán evitar atentados contra el Papa cuando recorra la Argentina en unos días; y son ellos, también, los que a veces deben evitar que el asesino de una niña sea despedazado por una horda vecinal y afronte un juicio justo, con todas las de la ley y las garantías constitucionales. Pero muchos remiles, también, a menudo cruzan todo límite, beneficiados por la oscuridad que impera en los sótanos. O, como lo definía el maestro Norberto Bobbio, en el “sottogoverno”, ese entramado invisible que opera por debajo del gobierno formal, siempre poderoso, que escapa del control público, siempre en los límites de la democracia.

Ejemplos sobran. Padecimos a la banda de Aníbal Gordon durante la dictadura, conocimos a Raúl Guglielminetti durante la primavera democrática y descubrimos (tarde) los desaguisados de la SIDE en la investigación del atentado contra la sede de la AMIA. También, el enchastre de kirchneristas y macristas, tan afanosos por espiar a empresarios, políticos rivales y periodistas, y hasta los flirteos libertarios con la infiltración de marchas universitarias y movimientos sociales.

Seguir los pasos de Remil en esta cuarta entrega de Fernández Díaz, pues, resulta otra oportunidad de vislumbrar cómo son y cómo funcionan los sótanos, ese entramado que no vemos -y que preferimos no ver-, que cada tanto irrumpe en la superficie. Basta con recordar, por ejemplo, que el secuestro de Mauricio Macri, hace ya 35 años, se conoció porque una célula de la SIDE había pinchado ilegalmente los teléfonos de su padre Franco, a pedido de un empresario rival que quería anticipar cuánto ofertaría en una licitación el capo del grupo Socma para mejorar su propia oferta. Y más reciente, alfiles como Leonardo Scatturice y Fernando Cerimedo, entre otros, acapararon los focos de la atención pública por encima de lo deseado por la Casa Rosada.

La mayoría de las veces, sin embargo, el trabajo sucio de estos operativos permanece oculto. Y sólo podemos atisbarlo, pero no exponerlo sin destrozar vidas privadas. Como pasó con el camarista federal que años atrás me confió que le habían enviado a una mujer para seducirlo… y cayó en la trampa. Digno, se retiró en vez de firmar el sobreseimiento que le exigían. O del otrora funcionario que almorzaba en un restaurante de San Isidro cuando un desconocido se le acercó con un par de fotos suyas, desnudo y fumando un porro, en el balcón de su departamento. “Tenemos que hablar”, lo sondeó. O el de aquel exsecretario de Seguridad de la Nación: “El primer día que llegué al Ministerio, me entregaron mi carpeta -rememoró-. Cuando lo miré, el tipo me dijo: «Ahora vos sabés que yo sé. No me jodas».”

Ahora, Fernández Díaz plasmó ese submundo en una novela con ritmo de folletín, siguiendo los pasos de maestros como Alejandro Dumas o Víctor Hugo, y a caballo entre la mejor ficción y la peor realidad. El recorrido que comenzó con El puñal en 2015 —finalista en Francia del Grand Prix de la Littérature Policière y del Prix Littéraire Violeta Negra—, continuó tres años después con La herida y avanzó con La traición en 2021. Y en esta saga, para nuestro mayor deleite, le guiña a su hermano de la vida.

Miembro de la Real Academia (RAE), Arturo Pérez-Reverte alumbró novelas maravillosas y una saga que millones alrededor del mundo hemos disfrutado: las aventuras del Capitán Alatriste. Pero muchos ignoran, sin embargo, que en otra de sus obras, El asedio, el español incluyó a su amigo como “Jorge Fernández Cuchillero”, un revolucionario vinculado con Buenos Aires. No es casual: Pérez-Reverte apoda “el Cuchillero” a Fernández Díaz.

Ese fue, apenas, el primer paso.

La devolución de gentilezas llegó en El dilema de los próceres, en el que Fernández Díaz lo metió a su compañero de andanzas como personaje, al que llamó “capitán Reverte”. Y sí, Jorge apoda “Capitán” a Arturo.

Y ese fue, apenas, el segundo paso.

La complicidad entre ambos viene de años ya y queda a la vista cada otoño. En la última Feria del Libro de Buenos Aires, por caso, Fernández Díaz volvió a conversar en público con Pérez-Reverte, que presentó Misión en París, el regreso de Alatriste tras catorce años de espera.

Ahora, el argentino dio el tercer paso. Porque arrojó al escritor nacido en Cartagena, en 1951, a las lides de “Remil”, que debe evitar que lo maten en Buenos Aires. Y poco más diremos. Apenas, que en estas páginas, Fernández Díaz le tira un centro al español, que hace tiempo me confió, en un apartado breve que mantuvimos tras una entrevista en el Alvear, su hotel porteño, que buscaba cómo tender un puente entre el criollo Remil y su propio todoterreno, Falcó.

Ficción, realidad, metaficción… Espías, agentes, operativos y “servilletas” han sido terreno fértil para la literatura y el cine desde siempre, alimentando tramas, personajes y preguntas que van y que vuelven. Porque, ¿hasta qué punto los escritores vuelcan al papel situaciones reales y cuántas veces anticipan vivencias que luego acontecen? Ian Fleming, John le Carré o Graham Greene son ejemplos contundentes de ese ida y vuelta, como en otro carril ocurrió con Julio Verne, cuyas ensoñaciones del siglo XIX son vivencias en el XXI.

Vladimir Putin puede atestiguar todo esto. A los 16 quedó fascinado por la película soviética El escudo y la espada, que vio repetidas veces. Estrenada en 1968, narra las misiones de un espía del Kremlin infiltrado en la Alemania nazi. Y tanto atrajo a Volodia, que acudió al cuartel que la KGB tenía en su ciudad para preguntar qué debía hacer para sumarse a sus filas. Muchos años después, Putin se retiró -¿se retiró?- de la agencia con el rango de teniente coronel.

El propio Fernández Díaz lo sintetiza al cerrar los agradecimientos de esta nueva entrega de la saga, que confiemos que no será la última: “Todos y cada uno de los episodios que se articulan en El hombre que quería matar a Pérez-Reverte y otras misiones de Remil ocurren casi a ras de la actualidad y están inspirados en ella, pero los personajes y las situaciones son completamente inventados: cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad”.

Que Jorge diga lo que quiera. Yo conozco a Remil.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/con-el-regreso-de-remil-jorge-fernandez-diaz-desnuda-los-secretos-de-los-servicios-de-inteligencia-y-nid01112026/

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