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El insulto que nos degrada

Hay episodios que trascienden a sus protagonistas. Y no porque sean extraordinarios, sino porque revelan una forma de pensar que, cuando se hace visible, resulta inquietante.El gesto racista...

Hay episodios que trascienden a sus protagonistas. Y no porque sean extraordinarios, sino porque revelan una forma de pensar que, cuando se hace visible, resulta inquietante.

El gesto racista realizado por Agostina Páez, una ciudadana argentina en el Brasil, fue uno de ellos, no solo por la ofensa en sí misma —que ya era grave— sino por lo que ocurrió después: la reiteración del gesto por parte de su propio padre, la justificación pública y la insistencia en una conducta que hiere y que parece exhibirse con una mezcla de provocación e incomprensión.

El problema no es únicamente individual. El racismo es más que un prejuicio privado: es un mensaje público que deshumaniza. Cuando se lo repite, se lo trivializa o se lo convierte en espectáculo, el daño se multiplica.

Los jueces brasileños reaccionaron con firmeza, no por susceptibilidad exagerada, sino por memoria histórica. En una sociedad marcada por una compleja herencia racial, estos gestos no son bromas. Son evocaciones dolorosas, pues tocan fibras sensibles que forman parte de una historia colectiva.

El prejuicio suele ir acompañado de ignorancia, pero la ignorancia se vuelve peligrosa cuando se exhibe con orgullo. Entonces, el insulto deja de ser un exabrupto y se transforma en una actitud

Lo que resulta más preocupante es la incapacidad de advertir esa dimensión. El prejuicio suele ir acompañado de ignorancia, pero la ignorancia se vuelve peligrosa cuando se exhibe con orgullo. Entonces, el insulto deja de ser un exabrupto y se transforma en una actitud.

Hay además un efecto colateral que no debería subestimarse. Estos episodios proyectan una imagen colectiva. La conducta de unos pocos termina afectando la percepción de muchos. No es justo, pero es inevitable. Los estereotipos se alimentan precisamente de estas escenas.

No es la primera vez. El 9 de junio de 2021, durante una conferencia de prensa en la Casa Rosada junto al presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, el entonces presidente argentino Alberto Fernández pronunció una frase lamentable que provocó malestar inmediato: sostuvo que “los brasileños salieron de la selva”, en el contexto de una comparación cultural entre países. Aquellas palabras, dichas desde la más alta investidura institucional, dejaron una huella incómoda y penosa, y revelaron hasta qué punto los estereotipos pueden infiltrarse, incluso, en el discurso público más formal (y en manos de qué clase de personas estuvo nuestro Poder Ejecutivo).

Los gestos recientes de los Páez (padre e hija) parecen inscribirse, lamentablemente, en esa misma tradición de simplificación y desprecio por el otro.

La ironía es evidente. La Argentina y Brasil comparten una historia de cooperación, integración y proximidad cultural. Son sociedades profundamente entrelazadas. Reducir esa relación a una caricatura racial no sólo es ofensivo: es intelectualmente pobre.

Los estereotipos son siempre una forma de pereza mental. Sustituyen el conocimiento por la burla, simplifican la diversidad hasta deformarla y, al hacerlo, degradan la conversación pública. Pero hay algo más grave aún: cuando estas conductas se repiten sin autocrítica, cuando se transforman en espectáculo y se acompañan de justificaciones, se transmite la idea de que la ofensa es aceptable. Lamentablemente, esa normalización es la antesala de un deterioro mayor.

Las sociedades no se degradan solo por grandes decisiones políticas. También lo hacen por la acumulación de pequeños gestos que naturalizan la descalificación del otro.

El racismo, incluso cuando se presenta como broma, nunca es inocente. La ignorancia, cuando se exhibe con orgullo, nunca es inofensiva. Y el insulto, cuando se repite, deja de ser un error para convertirse en una actitud.

Frente a eso, la única respuesta posible es recordar algo elemental: la convivencia exige respeto. No solo respeto formal, sino activo. El que evita la caricatura, rechaza el prejuicio y reconoce en el otro a un igual, porque, cuando el insulto se banaliza, se hiere al destinatario y se degrada también quien lo pronuncia. Y, con él, un poco todos nosotros.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/el-insulto-que-nos-degrada-nid18042026/

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