El jugador que disputó tres Mundiales con tres selecciones distintas sin cambiar nunca de país
Dejan Stanković tiene un récord que parece una anomalía administrativa, pero en realidad es una síntesis brutal del siglo XX en los Balcanes. Jugó tres Mundiales con tres selecciones distintas...
Dejan Stanković tiene un récord que parece una anomalía administrativa, pero en realidad es una síntesis brutal del siglo XX en los Balcanes. Jugó tres Mundiales con tres selecciones distintas: Yugoslavia en Francia 1998, Serbia y Montenegro en Alemania 2006 y Serbia en Sudáfrica 2010. No lo hizo por una naturalización ni por un cambio de conveniencia. No eligió tres países. Fue el país el que cambió alrededor de él.
Nacido en Belgrado el 11 de septiembre de 1978, Stanković creció en una región donde las fronteras dejaron de ser una certeza. Cuando empezó a jugar al fútbol, Yugoslavia todavía existía como una unidad política. Cuando llegó a su primer Mundial, ya representaba a una versión reducida de aquel país. Y cuando disputó el último, el mapa había vuelto a modificarse: Montenegro se había independizado y Serbia competía por primera vez como selección propia en una Copa del Mundo.
La historia empieza en Francia 1998. Stanković tenía 20 años y llegaba como una de las grandes promesas de Estrella Roja. Jugando de mediocampista, debutó muy joven en el club de Belgrado, había sido capitán con apenas 18 años y poco después daría el salto a Lazio. En aquel Mundial jugó para Yugoslavia, una selección que ya no era la vieja potencia balcánica de otras décadas, que supo conseguir el cuarto puesto en 1930 y 1962, sino la República Federal de Yugoslavia, integrada por Serbia y Montenegro tras la desintegración del país original.
Su aparición fue inmediata. Debutó en la Copa del Mundo en la victoria por la mínima ante Irán, entrando desde el banco en el segundo tiempo, y fue titular tanto en el empate 2-2 contra Alemania como en la victoria ante Estados Unidos, que ayudó a Yugoslavia a avanzar de ronda. El equipo terminó eliminado en octavos de final contra Países Bajos, con un gol agónico, pero Stanković se mantuvo en el banco. Sin embargo, ya había dejado una señal: era un mediocampista de recorrido, llegada, pegada (que marcaría más en su etapa en Inter de Milán) y personalidad.
Mientras su carrera crecía en Italia, la política volvía a modificar su camiseta. La Yugoslavia con la que había jugado en 1998 dejó paso a Serbia y Montenegro, un estado que tuvo una vida breve. Con ese nombre llegó al Mundial de Alemania 2006, luego de no haber logrado clasificarse a Corea-Japón 2002. Stanković ya era un futbolista consolidado: había pasado por Lazio, se había instalado en Inter y era parte de la élite europea.
Aquel segundo Mundial fue duro. Serbia y Montenegro cayó en los tres partidos de la fase de grupos: ante Países Bajos, Argentina y Costa de Marfil. El partido contra la selección argentina dejó una escena histórica: goleada 6-0 en Gelsenkirchen, el debut mundialista de Lionel Messi y su primer gol en una Copa del Mundo.
Del otro lado estaba Stanković, con otra camiseta y otro escudo, aunque con la misma identidad futbolística de siempre. Ya consolidado como figura y dueño de la número 10, dejó incluso una asistencia en el último partido ante los marfileños, para abrir el marcador de un encuentro que terminaría en remontada por 3-2. Aquella tarde también llevó por primera vez la cinta de capitán en un Mundial. Tenía 28 años y era, cada vez más, el símbolo de una selección que volvía a cambiar de nombre alrededor suyo.
Poco después, el país volvió a cambiar. Montenegro declaró su independencia en 2006 y Serbia quedó como selección separada. Así llegó el tercer y último capítulo: Sudáfrica 2010. Stanković, ya con 32 años, era capitán indiscutido, campeón de todo con Inter y uno de los símbolos del fútbol serbio. Ese año venía de ganar la Champions League con José Mourinho, en el equipo del triplete, y llegó al Mundial como referente absoluto.
Serbia no pasó la etapa de grupos, pero dejó una victoria resonante ante Alemania por 1-0. Stanković jugó los tres partidos completos: derrota ante Ghana, triunfo frente a los alemanes y caída contra Australia. Con esa participación completó una marca única: tres Mundiales, tres selecciones reconocidas por la FIFA, una misma carrera.
Durante sus dos primeros Mundiales escuchó el viejo “Hej, Sloveni” (Oigan, eslavos), heredado de Yugoslavia, como himno. Para Sudáfrica 2010, ya salió a la cancha con el himno serbio “Bože pravde” (Dios de justicia).
Su recorrido en clubes ayuda a entender por qué el dato no es solo una curiosidad. Stanković fue mucho más que el hombre de las tres camisetas nacionales. Surgió en Estrella Roja, pasó por Lazio y terminó como ídolo de Inter. Ganó ligas, cinco de manera consecutiva con los Nerazzurri, copas, una Champions y el Mundial de Clubes. Fue un mediocampista versátil, intenso y con una pegada con su pierna derecha capaz de cambiar partidos.
A lo largo de su carrera convirtió varios goles de larga distancia, cuatro ante el clásico Milan —incluyendo uno olímpico—, pero el que quedó grabado para siempre fue en la Champions. En abril de 2011, durante un cruce de cuartos de final entre Inter y Schalke 04, un joven Manuel Neuer salió lejos de su arco para despejar una pelota y dejó la portería vacía. Stanković, sin dejar picar el balón, desde las inmediaciones de la mitad de la cancha, sacó una volea de primera y precisa que recorrió el campo entero hasta meterse en el arco alemán. La jugada se convirtió en uno de los goles más repetidos de la historia reciente del torneo, elegido como su mejor gol por el club italiano.
A pesar del gol al minuto de juego, Inter terminaría perdiendo 5-2 aquella noche en Milán, y luego quedaría afuera, pero la definición del serbio sobrevivió al resultado y quedó como uno de los momentos más icónicos de su carrera.
También fue un jugador de carácter. Mourinho llegó a Inter con dudas sobre su rendimiento, pero Stanković terminó por ganarse un lugar en uno de los equipos más importantes de la historia del club. Su carrera tuvo algo de resistencia silenciosa: no siempre fue el más brillante, pero casi siempre resultó necesario.
A nivel internacional, Stanković sostuvo esa continuidad durante más de quince años. Su último partido con la selección llegó en 2013 y cerró su recorrido con 103 encuentros y 15 goles repartidos entre Yugoslavia, Serbia y Montenegro y Serbia. Más allá de las distintas camisetas y federaciones, terminó convertido en uno de los grandes referentes del fútbol serbio de las últimas décadas.
Por eso su récord mundialista tiene otra profundidad. No habla solo de un futbolista que apareció en tres listas. Cuenta la historia de una generación atravesada por la caída de un país, la creación de otro y una nueva separación. En cada Mundial, Stanković llevó una camiseta diferente; en el fondo, siempre representó el mismo territorio emocional: Belgrado, Serbia, los Balcanes y una identidad que el fútbol sostuvo mientras la política reescribía el mapa.
Dejan Stanković no cambió de selección: cambió el mundo que lo rodeaba. Y por eso su caso permanece como una rareza casi imposible de repetir. Un récord deportivo, sí, pero también una pequeña biografía política de Europa del Este escrita desde una cancha.