“En América Latina no estamos preparados”: la fuerte advertencia de expertos en The Lancet tras el brote de hantavirus
El episodio pudo haber pasado desapercibido fuera de los círculos sanitarios, más allá del revuelo mediático. Un grupo de casos de hantavirus detectado en abril en ...
El episodio pudo haber pasado desapercibido fuera de los círculos sanitarios, más allá del revuelo mediático. Un grupo de casos de hantavirus detectado en abril en el crucero MV Hondius no tuvo la magnitud de otras crisis recientes aunque sí generó alarma global. Sin embargo, para un grupo de exministros de salud y expertos de la región, ese evento fue suficiente para encender una señal de alerta: América Latina sigue sin estar preparada para responder de manera coordinada a amenazas infecciosas.
Esa advertencia quedó plasmada en un comentario publicado en la revista científica The Lancet, una de las publicaciones médicas más influyentes del mundo. El texto, firmado por un equipo internacional con fuerte participación latinoamericana —incluido el exministro de Salud argentino Adolfo Rubinstein—, sostiene que el episodio del Hondius expuso fallas persistentes en la vigilancia y en la capacidad de respuesta ante brotes emergentes.
El planteo central es contundente: la región necesita con urgencia una plataforma propia de respuesta rápida que permita anticipar, coordinar y contener amenazas infecciosas. Sin ese tipo de estructura, advierten los autores, América Latina corre el riesgo de repetir un patrón ya conocido: reaccionar con medidas de emergencia durante una crisis para luego volver a la inacción una vez que el peligro inmediato desaparece.
Aunque el brote de hantavirus no es comparable con la pandemia de Covid-19 y no implica necesariamente un escenario de escalada global, los investigadores sostienen que funciona como una especie de prueba de estrés. Es, en otras palabras, un ejemplo concreto de cómo responde la región ante un evento inesperado y sirve para medir qué tan preparadas están sus instituciones para actuar de manera conjunta.
Desde esa perspectiva, el diagnóstico no es alentador. El documento señala que, a pesar de los avances posteriores a la pandemia, siguen existiendo brechas importantes en materia de coordinación entre países, capacidad de vigilancia y traducción de evidencia científica en decisiones políticas. En la práctica, eso se traduce en respuestas fragmentadas y desiguales frente a un mismo problema sanitario.
Uno de los puntos más críticos del análisis es la subestimación de América Latina dentro de las agendas globales de seguridad sanitaria. A pesar de ser una región altamente expuesta a enfermedades emergentes —como dengue, zika, chikungunya o fiebre amarilla—, suele quedar en un segundo plano frente a otras prioridades internacionales.
Esa invisibilidad relativa convive con condiciones estructurales que amplifican los riesgos. El texto menciona, entre otros factores, la movilidad transfronteriza, la fragmentación institucional, la presión sobre los ecosistemas y el impacto del cambio climático. En conjunto, estos elementos configuran un escenario particularmente propicio para la aparición y propagación de nuevos brotes.
El caso del dengue ilustra esa situación. En los últimos años, la región registró cifras récord de contagios sin que eso se tradujera en una respuesta coordinada a gran escala. Según los autores, este tipo de crisis muestra cómo problemas de gran magnitud pueden quedar encapsulados a nivel regional sin generar la atención política internacional necesaria.
Frente a ese panorama, la propuesta de los especialistas apunta a construir una arquitectura regional más sólida. La idea no es reemplazar a organismos existentes, como la Organización Panamericana de la Salud, sino complementarlos con una estructura orientada a la implementación concreta: coordinación operativa, redes de laboratorio, respuesta transfronteriza y producción de insumos estratégicos.
El desafío, subrayan, no es técnico sino político. América Latina cuenta con capacidad científica, sistemas de salud con experiencia y profesionales altamente calificados. El problema radica en la falta de integración efectiva de esos recursos y en la ausencia de mecanismos que permitan actuar con rapidez ante una emergencia.
En ese sentido, el texto propone pasar de una lógica de coordinación declarativa —basada en acuerdos formales que muchas veces no se traducen en acciones— a una plataforma funcional, con legitimidad política y capacidad operativa real. La preparación, insisten, debe construirse antes de las crisis, no durante ellas.
Detrás de esta discusión subyace una lección que la pandemia dejó en evidencia: la seguridad sanitaria es, en última instancia, un problema colectivo. Las enfermedades infecciosas no reconocen fronteras y, en regiones con alta interconexión como América Latina, la respuesta tampoco puede limitarse a escala nacional.