Entre árboles que protegen y llamas que devoran
“Tiene la noche un árbol / con frutos de ámbar”, reza un poema del mexicano José Gorostiza. Al margen de consideraciones literarias, ¿qué sabemos los lectores de literatura acerca de la na...
“Tiene la noche un árbol / con frutos de ámbar”, reza un poema del mexicano José Gorostiza. Al margen de consideraciones literarias, ¿qué sabemos los lectores de literatura acerca de la naturaleza intrínseca del árbol, de su textura o de sus funciones vitales? La escritora Clara Obligado planeó una investigación acerca de “cómo las ciencias y las letras marchan juntas”. Hacía falta una actitud de extrañamiento para “levantar el velo de la rutina” y formular hipótesis sobre los comienzos, cuando se presume que el mundo se dividió entre los nómadas, esto es, los animales (incluidos los humanos), y los sedentarios, a saber, las plantas. Entre estas se imponen, con la hidalguía de un guerrero, los árboles, que detentan una condición que los vincula con las letras: “Sin madera no habría papel; sin papel no tendría este cuaderno sobre el que escribo, no tendría libros y mi historia, sin los libros, habría sido otra”, reflexiona la escritora, para concluir: “Soy un milagro de celulosa y lignina”.
Obligado, narradora y ensayista argentina residente en España, le propuso al biólogo español Raúl de Tapia una incursión multidisciplinaria en el universo de las plantas, especialmente en el de los árboles, como un ejercicio de rescate de un orden vital en el equilibrio del planeta. De este emprendimiento a cuatro manos (“Él y su pasión por los árboles; yo y los meandros del escribir”) surgió Un árbol de compañía (Páginas de Espuma), un breviario de documentación, diálogos y reflexiones acerca de ese vínculo secreto de las letras con la botánica, un relato en primera persona que, en una prosa transparente, va describiendo la realización del proyecto, esto es, cómo se fue armando el libro. Esto conforma una suerte de trama paralela, en la que se narra la cotidianeidad de dos intelectuales que van forjando otro acercamiento: el de la amistad.
La inquietud no es nueva; los autores de este compendio de fascinantes revelaciones detectan antecedentes en confidencias del siglo pasado, incluida una carta de Tolkien, el autor de El Señor de los Anillos: “Estoy muy enamorado de las plantas, y sobre todo de los árboles, y encuentro el maltrato hacia ellos tan difícil de soportar como para algunos el maltrato animal”. A cierta altura del libro la preocupación por el maltrato rozará, precisamente, la problemática actual, acuciante y fatal, de los incendios de bosques, que en el hemisferio Norte está asolando vastas regiones de Europa. Informes recientes revelan la pérdida de decenas de miles de hectáreas de vegetación, sumada, en algunas zonas, a la destrucción de aldeas enteras.
Raúl de Tapia, miembro de la Red Internacional de Escritores por la Tierra, se contagió de cierta “vocación vital de recuperar los paisajes” y de contarlo desde las ciencias y las artes. Es que bosques y plantas han integrado, como motivo central o como fondo, relatos y poemas de toda índole en textos clásicos (“De los árboles vengo, madre, / de ver cómo los menea el aire”, resuena en un villancico español del Renacimiento). E incluso en los títulos: Tiene la noche un árbol es un clásico volumen de cuentos de la narradora mexicana Guadalupe Dueñas (1910-2002), inspirado precisamente en esos versos de su compatriota Gorostiza con que iniciamos estos apuntes. Marguerite Duras, por su parte, le dio un árbol de refugio al hijo díscolo de la protagonista de un relato suyo de 1954, un muchacho que se pasa Días enteros en las ramas.
De Tapia y Obligado proponen un viaje revelador por ese universo que está ahí nomás, en parques y plazas, y que los humanos atraviesan cada día como si se tratara del bosque de símbolos sugerido por Baudelaire en clave de “Correspondencias” en sus trascendentales Las flores del mal.
Esos bosques (no los de símbolos sino los reales) guardan una secreta relación con los textos: “Cientos de hectáreas de pinos, miles de páginas; qué libros se habrán escritos con estos árboles”, se pregunta Obligado, y entabla paralelismos: “Pienso que podríamos comparar un bosque con una biblioteca”.
Desequilibrio que destruyeEn rigor, no por aportar ininterrumpidamente al stock de las bibliotecas -como lo han hecho durante siglos- los bosques acabarán diezmados: “La casi totalidad de nuestro ecosistema la constituyen las plantas, que representan un 86,7% de la vida”, advierte el botánico De Tapia. Y consigna un sorprendente contraste: “Los animales, entre los que nos incluimos, somos apenas un 0,3 % del total”. Y no son los libros los que conspiran contra la continuidad del reino vegetal; en algunos puntos del planeta, la amenaza de destrucción ha cundido con apabullante intensidad a causa de los incendios, que suelen multiplicarse con una voracidad imparable: los registros filmados que llegan a diario desde Francia, España, Grecia, Creta o incluso Indonesia son estremecedores.
No hace mucho se acuñó el vocablo “antropoceno”, destinado a categorizar (y alertar) acerca del impacto de las actividades humanas en la Tierra; como una variante, acaso previsible, la filósofa parisina Joëlle Zask ha propuesto destacar una instancia específica de esos efectos: “Habla del ‘piroceno’ -se lee en Un árbol de compañía-, la era de los megaincendios, una situación espoleada por el calentamiento global, que aumenta en los períodos de sequía prolongada.”
Este año las consecuencias se han vuelto alarmantes: los noticieros internacionales muestran la baja del Danubio, hoy casi seco; son imágenes apocalípticas (¡el Danubio sin agua...!), que podrían acompañarse con los proverbiales valses que le dedicó Johann Strauss (hijo), pero en improbables versiones desafinadas, con notas distorsionadas, irritantes. La escasez de caudal en el otrora romántico río, por lo demás, ha ocasionado una severa crisis en las centrales hidroeléctricas de Europa Central. ¿Qué destino les espera a los árboles ante la amenaza de una sequía global?
“Decidme cómo es un árbol, / contadme el canto de un río / cuando se cubre de pájaros.” Los versos del poeta español Marcos Ana resuenan ingenuos, decepcionados quizá, ante el silencio de pobres riachos que no inundan las raíces de plantas sedientas. “Sin raíz no hay árbol -responde De Tapia-. Árbol adentro está la parte invisible: la madera, ese tejido vegetal que engrosa y sostiene los anillos del crecimiento.”
Toda esa lógica del crecimiento se siente amenazada; el cambio climático no es un capricho de la naturaleza. Como se sabe, el biólogo Edward Wilson (1929-2021) acertó a advertir que la alteración de los hábitat por parte de los humanos es el factor principal de la destrucción ambiental.
Las medidas oficiales de conservación, fragmentadas, ya no son suficientes para conjurar la desaparición de especies que ocasiona el impacto humano. Porque en el fondo del deterioro por el cambio climático -hay que insistir aunque lo sepa todo el mundo- pesa el aumento de la temperatura global, lo cual obedece, por lo demás, al incremento de la concentración de dióxido de carbono y de otros gases de efecto invernadero. James Lovelock, que murió en 2022 a los 103 años, argumentaba que la Tierra actúa como un super organismo vivo y que la actividad industrial altera el equilibrio natural.
En ese desequilibrio destructor generalizado, no obstante, numerosas especies de árboles se mantienen “de pie” (digámoslo así, aludiendo, a la inversa, al título de una popular pieza de Alejandro Casona).
A fines de los años cincuenta, en su refugio del sur bonaerense, Ezequiel Martínez Estrada solía deslizar un estribillo escéptico, un poco a modo de saludo, cuando recibía a algún visitante en su casa o cuando aparecía (raramente) en un espacio público: “La Tierra está que arde, ¿no?”, decía, con su clásica sonrisa y su tono, cargados de ironía. Eran los años de lo que se conoció como la Guerra Fría, y sin embargo el escritor podía intuir que bajo esa superficie, calma pero tensa, se insinuaba el ardor de un fuego que hoy destruye, con drones y misiles, parte de la civilización en varios frentes de guerra.
Junto con los cuerpos y los edificios, las plantas también sucumben. La lectura de Un árbol de compañía invita a valorar, sin embargo, a esos seres sedentarios que dan sombra y acompañan. Porque, como insinúa Clara Obligado hacia el final de este lúcido e indispensable recorrido: “Gracias a los árboles, somos”.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/entre-arboles-que-protegen-y-llamas-que-devoran-nid12092026/