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Es argentino, un accidente casi le cuesta la vida, rompió un récord y hoy es un exitoso empresario

La pasión es algo difícil de explicar y eso es justamente lo que le ocurre a Roberto Vicente Martínez con las motos. “Veo una moto y me hace burbujear la sangre”, dice, intentando describir ...

La pasión es algo difícil de explicar y eso es justamente lo que le ocurre a Roberto Vicente Martínez con las motos. “Veo una moto y me hace burbujear la sangre”, dice, intentando describir una sensación que ni siquiera esas palabras alcanzan a transmitir por completo.

Roberto tiene una extensa trayectoria en el mundo de las dos ruedas. Comenzó como mecánico gracias al legado de su padre y, con el paso de los años, logró construir una carrera marcada por grandes desafíos. Incluso después de sufrir un grave accidente en moto que lo dejó un año sin poder caminar, nunca se alejó de esa pasión.

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El tiempo pasó y él siguió ligado a ese universo, alcanzando metas que parecían impensadas. En un momento de su vida intentaron estafarlo y casi pierde un importante negocio que había construido, pero jamás se rindió.

Las dos ruedas presentes desde su infancia

“No puedo hablar de mi pasión por las motos sin vincularla a mi padre . A él le tocó hacer el servicio militar en el Regimiento Motorizado Buenos Aires. En esa época era la custodia presidencial, algo similar a lo que hoy hacen los Granaderos, aproximadamente en 1952. Ahí aprendió a manejar motos y también de mecánica”, recuerda Roberto.

Al terminar el servicio militar, su padre comenzó a trabajar como combinador de películas de cine y las motos que utilizaban para esa tarea eran de la marca JAWA, de origen checo. Con el tiempo se especializó cada vez más hasta convertirse en un reconocido mecánico de esa firma.

En 1977, cuando Roberto tenía 15 años, se reabrió la importación en la Argentina y una empresa comenzó a traer nuevamente las motos JAWA al país. Fue entonces cuando contactaron a su padre para hacerse cargo del servicio técnico oficial. Su padre no daba abasto con el trabajo y fue entonces cuando Roberto comenzó a involucrarse de lleno en ese mundo. Si bien las motos ya lo fascinaban desde chico, fue en ese momento cuando empezó a aprender de mecánica.

De pequeño jugaba arriba de las motos y leía libros del tema durante horas. A los 15 años, impulsado por la necesidad de ayudar a su padre, ya trabajaba como mecánico.

En esa etapa de su vida, Roberto asegura que todo empezó a cambiar. Pasó de juntarse con amigos para jugar a la pelota a rodearse de jóvenes apasionados por las motos, muchos de ellos hijos de mecánicos.

Aprendió a manejar a los 12 años gracias a su hermano mayor, que fue quien le enseñó los primeros secretos sobre dos ruedas con una Siambretta 125. “Tenía que poner el pie en el cordón porque no llegaba al piso”, menciona con una sonrisa.

El trágico accidente a sus 20 años

En 1983 sufrió un accidente que él mismo define como “terrible”. “Tenía 20 años. Me fui con una JAWA 350 a Luján para sacarme una foto y tener un recuerdo. En esa época te sacaban la foto y había que esperar a que la revelaran”, recuerda al comenzar a relatar uno de los momentos más duros de su vida.

Cuando volvía de Luján con la foto en la mano, Roberto reconoce que cometió un error al involucrarse en una “picada” con otras motos. En aquel entonces, las rutas eran de mano y contramano.

“Estaba sobrepasando a un auto y, cuando vuelvo a mi carril, otro vehículo sale a cruzarme y me agarra de costado. Era un Falcon que me pega en la rótula derecha. El impacto fue en diagonal: el fémur se desplazó, perforó la cadera y terminó saliendo por el glúteo derecho”, relata.

Cuando intentó levantar las piernas, no le respondían. Incluso llegó a tocarse el hueso con la mano. “Estuve 35 minutos tirado en la ruta. Me estaba por desmayar, pero justo llegó la ambulancia”, cuenta.

“Después me trasladaron al hospital. Hasta el chofer de la ambulancia lloró. Me operaron, estuve 64 días internado y pasé un año sin poder caminar. De hecho, en algún momento ahora me voy a tener que hacer un reemplazo de cadera”, cuenta.

Tras el accidente, Roberto habló con sus padres y junto a su papá comenzaron a planear la construcción de un Lotus Seven para tener un buen auto. En aquella época se compraba el kit, el motor y distintas piezas, y cada uno armaba el vehículo por su cuenta. Así comenzaron juntos el proyecto.

Pero dos meses después, Roberto reunió a sus padres y les dijo: “Necesito hablar con ustedes”.

Fue entonces cuando les confesó que no podía imaginar una vida sin las motos. Les pidió perdón y les explicó que cada vez que veía una moto sentía que “le hacía burbuja la sangre”. Cuenta, también, que tras una mirada cómplice entre ellos, su padre fue quien respondió. “Cuidate”, le dijo.

La revancha con las motos

Con el paso de los años se fue a trabajar al campo y realizó distintos oficios por necesidad: fue custodio e incluso llegó a manejar colectivos y camiones. Hasta que en 1991 volvió a abrirse la importación (que había sido cerrada en 1982) y una empresa viajó a República Checa con la intención de traer autos Škoda a la Argentina. Sin embargo, desde la fábrica les exigían informar cuántas unidades iban a comprar.

Fue entonces cuando descubrieron que JAWA tenía miles de motos abandonadas a la intemperie, bajo la lluvia. Habían sido fabricadas para exportarse a Rusia, pero el país atravesaba una profunda crisis y la operación nunca se concretó.

Al enterarse de la situación, decidieron comprar esas motos para traerlas a la Argentina. Cada unidad costaba apenas US$680. El problema era que quienes impulsaban el negocio no sabían nada sobre motos.

Desde la fábrica, un conocido puso el nombre de Vicente Martínez (el padre de Roberto) como un referente de la marca, aunque él había fallecido pocos meses antes. Finalmente llegaron hasta Roberto, porque necesitaban a alguien que pudiera recorrer los concesionarios y poner en marcha las motos una vez arribadas al país.

Luego de negociaciones Roberto puso un taller en capital, su primer taller en 1992 en el barrio de Lugano. Con el correr del tiempo, los clientes fueron aumentando a tal punto de llegar a comercializar 1000 motos por mes. La importadora decidió cerrar todos los talleres, dejar el de Roberto e incorporarlo a la empresa.

Hacia 1995, producto del denominado “efecto tequila”, las ventas se desplomaron: pasaron de 1000 unidades a apenas 70. La crisis fue muy fuerte. La empresa dejó de importar estas motos, liquidó todo el stock y desapareció del mercado. Para ese entonces ya habían vendido alrededor de 40.000 motos en la Argentina, por lo que la demanda de repuestos era altísima.

Consiguió algo impensado sin plata en su bolsillo

En ese contexto, Roberto quiso volver a traer la marca al país, aunque asegura que no tenía el dinero suficiente para hacerlo por su cuenta. Logró contactar a una persona que podía ayudarlo económicamente, pero el acuerdo implicaba que él se quedaría con una parte mínima del negocio.

Sin embargo, quien había actuado como intermediario en esa negociación le insistió con una idea: enviar un fax directamente a JAWA comentándole que él quería traer la marca pero que no tenía el dinero suficiente.

A la mañana siguiente recibió un fax con una respuesta inesperada: “Eso es lo que estábamos esperando”. La propuesta de JAWA era tan simple como arriesgada: “Hacenos el pedido, te mandamos las motos, las vendés y después nos pagás”, era la premisa. “Eso no existe”, dice Roberto.

Roberto les había entregado una chequera en blanco en dólares para que fueran completándola a medida que despachaban cada contenedor.

Por el año 2001 con la crisis se caen las chequeras y tras un tiempo de buenas ventas, dejó de importar y continuó con su taller de servicio por la gran cantidad de clientes. Él seguía importando repuestos.

Al año siguiente se reunió con el dueño de Zanella y le mostró una lámina con distintos modelos de motos para que eligiera cuáles quería traer al país. Sin embargo, su gerente comercial no compartía la misma visión. Roberto le preguntó a qué se dedicaba antes de ocupar ese cargo y el gerente le respondió que era licenciado en turismo.

Pasaron algunos meses, lo llamaron y como no le habían hecho caso no vendieron las motos que trajeron al mercado local. Pero que, en ese entonces, estaban en una situación peor que antes. Entonces le ofrecieron un negocio en conjunto con él. “Muchos me habían dicho que vaya con cuidado porque tenían mala fama”, recuerda.

“Los escuché y volví con una contrapropuesta: yo tendría el 51% de la empresa, además de mi contador, mi abogado y la firma exclusiva de la cuenta bancaria. Y aceptaron. Así nació mi sociedad anónima en 2003”, relata. En poco tiempo lograron alcanzar el 11% del mercado con las motos que Roberto había elegido. Incluso llegaron a desarrollar el primer cuatriciclo nacional, sólo importaba el motor y pocas cosas cuando estaba con Zanella.

El día en que estuvo a punto de perderlo todo

Todo marchó bien hasta diciembre de 2005. “Estaba en Lugano cuando me llamó el esposo de Sonia, la escribana externa de Zanella, que pasaba mucho tiempo dentro de la empresa”, recuerda Roberto.

“No sé por dónde empezar”, le dijo el hombre al teléfono. Según relata Roberto, los dueños de Zanella habían convocado a la escribana para certificar un acta en la que supuestamente él cedía el 51% de las acciones de la compañía. “Intentaron convencerla de que firmara inventando distintas cosas sobre mí”, asegura. Aún así, Sonia se negó a firmar el documento pese a las amenazas. En ese momento Roberto paró todo, llamó a su abogado y dejó de trabajar con ellos.

Fue entonces cuando volvió a poner en marcha JAWA en la Argentina. La marca había dejado de importarse porque los productos checos ya no resultaban competitivos dentro del mercado argentino.

Con una visión adelantada a su tiempo, Roberto les propuso a los directivos checos desarrollar un vínculo con fabricantes chinos. “Yo ya tenía relación con presidentes de compañías chinas, entonces les ofrecí utilizar la marca JAWA, pero desarrollar productos chinos para poder competir en el mercado local”, explica. Ese modelo de trabajo se mantuvo durante varios años, hasta 2016, modelos chinos pero marca checa.

Por aquellos años realizó un viaje por Europa en el que recorrió varios países en moto. Durante ese trayecto notó algo que le llamó poderosamente la atención: en ninguna revista especializada aparecía publicidad de JAWA.

“Nosotros, estando tan lejos, invertíamos muchísimo en publicidad y ellos no hacían nada en su propio país. Eso no me gustó. Teníamos una fábrica propia y licencia para exportar a cualquier parte del mundo, pero no teníamos una marca propia. Ahí entendí que debíamos construir una”, recuerda.

Cuando regresó a la Argentina ya tenían un modelo desarrollado bajo la marca JAWA modelo RVM 600. Las siglas RVM corresponden a Roberto Vicente Martínez (RVM nace en el 2016).

“Me daba un poco de vergüenza usar mis iniciales como marca porque no quería que pareciera algo egocéntrico, pero sonaba bien”, admite. Al principio había resistencia y los proveedores no querían sacar el JAWA de las motos y durante un pequeño periodo las motos RVM tenían un JAWA pequeño.

En los medios dio una explicación de por qué necesitaban tener una marca propia. “Fue entendido y así RVM salió a la cancha”, relata.

Cruzó el país entero en moto para incrementar sus ventas

En 2016 Roberto concretó un récord que llevaba décadas imaginando: unió Ushuaia con La Quiaca en 74 horas y 30 minutos. No obstante, la idea de atravesar el país de punta a punta había nacido mucho antes, en 1995, en plena crisis del “efecto tequila”. “Los empresarios me decían que las ventas se habían desplomado y ahí se me ocurrió hacer el récord”, recuerda.

Aquel primer intento se realizó ese mismo año, aunque en sentido inverso: desde La Quiaca hasta Ushuaia, en 76 horas. En esa oportunidad participaban un auto de apoyo y una moto, alternándose durante el recorrido.

Pese al impacto que generó la travesía, Roberto admite que en ese momento no sirvió para aumentar las ventas. Pasaron 20 años y Roberto decidió volver a intentar el récord, aunque esta vez quería hacerlo completamente sólo.

Salió desde La Quiaca con el objetivo de llegar a Ushuaia en el menor tiempo posible, pero durante el trayecto sufrió un desperfecto mecánico en Río Gallegos. Ese problema le hizo perder el barco que cruza hacia Tierra del Fuego y complicó toda la travesía. Finalmente logró completar el recorrido, aunque ya fuera del tiempo que buscaba alcanzar: tardó 88 horas.

Pero no le alcanzó. Roberto volvió a intentarlo una vez más y, esta vez sí, la tercera fue la vencida. Decidió arrancar desde Ushuaia para evitar el riesgo de perder el cruce en barco hacia Tierra del Fuego. La moto elegida para la travesía fue una JAWA RVM 600. “Salí a las 6.30 de Ushuaia, completamente sólo, y logré hacerlo dos horas más rápido que en 1995”, recuerda con orgullo.

Ya en 2017 toda la producción pasó a comercializarse bajo la marca RVM, impulsada por la repercusión de la hazaña que Roberto había conseguido. De hecho, ocurrió algo insólito: desde China le vendieron a JAWA una moto RVM. Así, la histórica marca checa, que décadas atrás había sido proveedora, terminó convirtiéndose en cliente. Con el tiempo, RVM comenzó a vender motos en 14 países de Europa, convirtiéndose en la primera marca argentina del sector en alcanzar esa presencia internacional.

Ahora, en 2026, JAWA volvió al país porque el vínculo nunca se cortó. La mismísima empresa checa contactó a Roberto para regresar a la Argentina donde supo dejar su huella.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/autos/es-argentino-un-accidente-casi-le-cuesta-la-vida-rompio-un-record-y-hoy-es-un-exitoso-empresario-nid09062026/

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