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Instituciones más humanas contra la soledad

Hay problemas de los que no nos hacemos cargo. Lo que es de todos y, en rigor, excede responsabilidades y jurisdicciones específicas termina siendo asunto de nadie. Palabras como corresponsabilida...

Hay problemas de los que no nos hacemos cargo. Lo que es de todos y, en rigor, excede responsabilidades y jurisdicciones específicas termina siendo asunto de nadie. Palabras como corresponsabilidad o interdependencia corren el riesgo de quedar vaciadas de contenido.

Mucho de esto se expresa en torno a la denominada “pandemia de soledad”, definida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como un problema de política pública con una capacidad de daño semejante a fumar quince cigarrillos diarios, aumentando el riesgo de muerte prematura en un 26% y por encima de indicadores de alcoholismo, sedentarismo y obesidad.

Pero además existe una soledad no deseada que puede profundizarse desde las instituciones. Lo que hacen o dejan de hacer las entidades de la sociedad, sean públicas, privadas, tengan o no fines de lucro, puede acrecentar esa sensación de orfandad; incluso de desolación, por sentirnos no mirados.

En una sociedad donde cada uno atiende lo suyo, lo común queda vacante. Las personas jurídicas tienen misiones y responsabilidades rigurosamente definidas. Y está bien que así sea. Pero qué extraordinario es cuando, además de ejercerlas correctamente, los actores expanden su alcance hacia un bien mayor. Pienso en esto a partir de una conversación que mantuvimos en el Grupo de Fundaciones y Empresas (GDFE) con la socióloga Victoria O’Donnell, autora del libro Mosaicos. Formas de la soledad en el siglo XXI. Su visita, en el marco del Ciclo de Diálogo que llevamos adelante en el IAE Business School, fue una invitación a detenernos ante un fenómeno de enorme impacto social.

O’Donnell distingue entre una soledad elegida -incluso creativa- y una soledad no deseada. La primera puede incluir retiro, encuentro con uno mismo, intimidad fértil o silencio. La segunda es otra cosa: una experiencia angustiosa de aislamiento, desconexión e invisibilidad, incluso en medio de otros. Y puede ser más difícil de advertir: alguien puede ser sociable, estar conectado permanentemente, y aun así sentirse profundamente solo.

Un dato que quedó resonando es que, una de cada seis personas se reconoce en este padecimiento y, entre los jóvenes, la cifra puede duplicarse. El mayor miedo de los adolescentes no es tanto ser víctimas de bullying, sino volverse invisibles. Ser visto. Ser reconocido. Sentir que uno importa para alguien. ¿No es, quizá, una de las necesidades humanas más elementales? ¿Y no es también uno de los aspectos que nuestras instituciones están dejando de atender?

En tiempos de fragmentación de lo comunitario y de crisis de aquellas instituciones que brindaban sentido identitario -partido, sindicato, iglesia, club-, menos del 20% de las personas conserva vínculos fundamentales, según O’Donnell. Incluso las comunidades virtuales muestran su límite: pueden hacerte sentir acompañado, pero si estás convaleciente, “no te van a hacer las compras”.

Hay un diagnóstico adicional, inquietante. El mercado parece haber advertido esa necesidad de pertenencia antes que nosotros mismos. Donde se debilitan las comunidades, aparecen productos y marcas que ofrecen una identidad común. Pero una comunidad, planteaba O’Donnell, puede ser generativa o extractivista. Una cosa es construir lazos; otra es consumirlos.

Entonces vale preguntarse: ¿qué estamos haciendo las fundaciones, las empresas, los clubes, las asociaciones civiles, las entidades públicas en todos sus niveles? ¿Actuamos pura y exclusivamente orientados por nuestra misión particular, como si el cumplimiento de nuestro propósito agotara nuestra responsabilidad? ¿o somos capaces de preguntarnos qué efecto producen nuestras instituciones sobre las personas que las habitan, las atraviesan o se relacionan con ellas? ¿Concebimos al otro en tanto otro, o como medio para satisfacer necesidades propias?

Quizás esta forma de soledad, de la que hablamos mucho menos y que producen las propias instituciones, acelera la percepción de desolación y de orfandad. No se trata de una elección personal, sino del desmantelamiento de los sistemas de apoyo colectivo. La soledad impuesta por la estructura. Qué paradoja que una institución pueda funcionar correctamente y, aún así, hacer sentir a alguien profundamente desamparado.

Vivimos, además, una época donde la tecnología expande oportunidades y, al mismo tiempo, amplifica vulnerabilidades. Con inteligencia artificial podemos postularnos a setenta trabajos en una tarde, “pero también podemos recibir setenta rechazos”. Podemos multiplicar encuentros a través de aplicaciones de citas y también multiplicar el dolor de no ser elegidos. La tecnología permite hacer más, más rápido y a una escala inédita, pero no siempre nos ayuda a vivir mejor.

Aquí aparece un punto de proporcionalidad: la dimensión humana de lo vivido. Como recupera Alberto Willi al vincular a San Agustín y Derrida, necesitamos “bajar la velocidad del tiempo”. Cuando todo se acelera y se mide, corremos el riesgo de perder lo que requiere hospitalidad (y no hostilidad): un vínculo, una conversación, una comunidad, el reconocimiento del otro.

O’Donnell propone también una distinción decisiva: instituciones cálidas e instituciones frías. Las cálidas expanden límites. Ven rostros. Escuchan. Admiten la excepción cuando la regla deja de servir a la persona. Pero no renuncian a las normas. Entienden que estas existen para cuidar lo que importa, y no al revés. Las frías, en cambio, pueden ser impecables en sus procedimientos y profundamente indiferentes en sus efectos.

¿Cuánto de nuestra obsesión por cumplir con nuestra misión nos impide ver aquello que queda fuera de sus límites? Los grandes problemas de nuestro tiempo no respetan organigramas. La pobreza no es solo un asunto del Estado, la educación no es responsabilidad exclusiva de las escuelas y la salud mental no termina en el consultorio. Tampoco la soledad.

Hay desafíos que, justamente porque no pertenecen enteramente a nadie, deberían importarnos a todos. Tal vez redefinir ciertos límites cuidadosamente delimitados no implique abandonar responsabilidades sino asumirlas de una manera más amplia.

La conversación con Victoria O’Donnell nos dejó la inquietud de que el desafío de las instituciones del futuro no sea solamente ser más eficientes, más innovadoras o más inteligentes. Quizás sea, antes que nada, ser más humanas. Porque cuando las instituciones se repliegan sobre sus límites, las personas quedan solas en medio de ellas. Y cuando se animan a expandirlos para mirar al otro, reconocerlo y construir en colectivo, aparecen no solo instituciones que funcionan, sino también que generan comunidad.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/instituciones-mas-humanas-contra-la-soledad-nid15082026/

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