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La chocolatera formada desde los linajes más influyentes de París, abre su propio camino con diseño de vanguardia

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Cuando Roald Dahl ideó Charlie y la fábrica de chocolate siguió poniendo peldaños hacia abajo, para llegar a la altura de su audiencia, pero también hacia arriba, para alcanzar su considerable sensibilidad. Llenó su obra de críticas solapadas al mundo y una reivindicación furibunda del mundo infantil. En aquella historia escribió: “si quieres ver el paraíso, simplemente mira a tu alrededor y considéralo”.

Esa idea y la materia prima se reunieron bajo la mirada de Jade Genin, una de las mayores chocolatiers del mundo. Desde su boutique en la Avenue de l’Opéra, desarrolla una propuesta que combina rigor técnico, ingredientes sin artificios y una exploración constante de texturas y sabores. Sus colecciones traducen el imaginario parisino en piezas contemporáneas, mientras el taller abierto expone el hacer artesanal como parte central del proyecto.

París fue el escenario de su infancia en un hogar con dos padres intensamente urbanos, una rutina llena de actividades y una curiosidad que nunca se aquietó del todo. “Como hija única, nunca me aburría -cuenta-, tenía una actividad por día. No podía quedarme quieta y me encantaba moverme”. Entre juegos y proyecciones que cambiaban con los años, desde la fantasía de ser cajera hasta el deseo de ingresar a la élite académica francesa, el entorno ya ofrecía una materia silenciosa que más tarde se volvería oficio.

Crecer dentro de una chocolatería instala una forma de saber que se incorpora antes de volverse consciente. Gestos, temperaturas, tiempos, repeticiones. “Es como si supiera ser chocolatera desde siempre -revela-. Hacer un praliné, una ganache, trabajar el chocolate… son cosas que sé hacer desde siempre y que nunca tuve que aprender realmente”. Ese conocimiento temprano convive con decisiones posteriores que implican tomar distancia y construir una identidad propia.

El paso por el Derecho introdujo una tensión que excedió lo profesional y fue apenas un suspiro. Volver al chocolate implicó también asumir una posición frente a ciertas jerarquías culturales. “Desprenderse de la mirada de los demás: en muchos ámbitos, es más elegante ser abogada que chocolatera”, reconoce.

Jade Genin pertenece a una nueva generación de chocolateros franceses que reformulan el oficio desde adentro, con una base técnica heredada y una mirada propia. Hija de Jacques Genin, figura central de la alta chocolatería parisina, creció inmersa en el ritmo del taller y en la exigencia del producto bien hecho, una formación silenciosa que hoy se traduce en precisión y criterio.

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Su decisión de abrir una boutique con su nombre en la Avenue de l’Opéra marca un gesto claro de autonomía, tanto en lo creativo como en lo empresarial. Desde allí desarrolla una propuesta que combina rigor, intuición y una sensibilidad contemporánea, capaz de dialogar con la tradición sin quedar contenida en ella.

Trabajar con productos frescos y sin atajos industriales configura tanto la estética como la logística cotidiana. Alrededor, hojas de albahaca, vainas de vainilla, materias primas que imponen su propio ritmo. “Eso implica creaciones con una vida útil muy corta… todo debe hacerse uno o dos días antes de la venta”, relata.

La dificultad se integra al método y la precisión aparece como consecuencia de esa restricción. Esa elección por lo fresco redefine también la relación con la previsión y el riesgo. “No podemos anticipar grandes volúmenes de producción porque todo se hace muy cerca del momento de venta, uno o dos días antes”, explica. En ese margen estrecho se juega una tensión constante con la demanda.

“Es habitual en la pastelería, pero en chocolatería mucho menos. Es una elección que tiene ventajas y desventajas, pero pienso ante todo en la belleza del producto”. La lógica industrial queda desplazada en favor de una práctica que privilegia el presente, casi en tiempo real, y que convierte cada jornada en un ejercicio de ajuste fino.

La exploración de sabores se apoya en una combinación de intuición entrenada y validación concreta. “Confío en mis intuiciones -revela- y tengo una regla muy clara: no dejo en la tienda ninguna creación si al menos tres personas no me dicen que es su favorita”. El equilibrio se construye evitando el exceso, sosteniendo una tensión precisa entre sorpresa y coherencia. Formar el paladar se vuelve un ejercicio sostenido en el tiempo y en la exigencia. “Hay que comer, mucho y bien -continúa- es un aprendizaje que se construye con los años”. Esa disciplina se traduce en una lectura más precisa de cada ingrediente y en la capacidad de articularlos sin enmascarar su identidad.

Desde un punto de vista técnico, la diferencia entre un chocolate correcto y uno logrado se juega en la integridad del producto y en la comprensión de quien lo trabaja. “Sin exceso de azúcar, sin aromas, sin aditivos -enumera-; un producto puro que pueda expresarse”.

El rigor como lenguaje

La gestión del tiempo introduce otra capa de complejidad. Multiplicidad de roles, jornadas extensas y una estructura que exige presencia constante: “Siempre me falta tiempo -reconoce-, trabajo entre 55 y 90 horas por semana. En paralelo, la naturaleza efímera del producto redefine la relación con el esfuerzo invertido. Es una vida dedicada a la pasión, es lo que me hace levantarme cada mañana.”

Construir una identidad propia dentro de un linaje tan marcado implica establecer límites claros: “si no tengo ganas de hacer algo distinto a lo que hace mi padre, entonces no lo hago”, sentencia. Bajo esta mirada sus colecciones se organizan a partir de sensaciones más que de categorías tradicionales. Intensidad, delicadeza, crudeza o placer inmediato, cada línea responde a un registro específico. “Una gama, una emoción”, resume. Piezas que, más allá de su forma, buscan activar una experiencia.

El contexto del oficio aparece atravesado por exigencias físicas y económicas que condicionan su desarrollo en el tiempo. “Son trabajos muy duros -expresa-. Se trabaja muchísimo y el desgaste es real. A la par, es muy difícil hacerse un lugar como mujer. Los hombres suelen ser más valorados”.

Pero le gana siempre el amor al chocolate. “Pienso en los tipos de sensaciones que quiero experimentar. A veces algo intenso, otras delicado, quizás reconfortante o más crudo. Intento proponer creaciones que cubran esas emociones”. A ese escenario se suma una estructura de trabajo que exige una disponibilidad total.

“Es difícil encontrar personas que acepten este ritmo de vida -reconoce-, y para un hombre suele ser más fácil estar rodeado y acompañado en ese sentido”. La construcción de una trayectoria sostenida, entonces, excede el talento o la técnica y se vuelve una decisión vital. “Ser mujer y dirigir en el mundo gastronómico es una elección de vida”.

En medio de los debates personales, emergen sus productos más emblemáticos. Sus “pyramidions” componen la línea gourmet, con sabores más sorprendentes. Los cubos para untar son pralinés cremosos centrados en frutos secos. Los “rochers” son muy crocantes, casi como rosas del desierto con arroz inflado. La K-barre, el más reciente lanzamiento, “es puro placer regresivo. Una gama, una emoción”.

En ese escenario, la práctica se sostiene desde una convicción que articula trabajo, deseo y autonomía. Incluso frente a transformaciones tecnológicas que atraviesan el campo creativo, la posición se mantiene centrada en la experiencia directa. “Muchos recursos pueden facilitar el trabajo -dice cuando presagia el futuro de su industria-, pero también volverlo más plano. Sigo prefiriendo encontrar las ideas por mí misma”. La relación con el chocolate también se define desde su comportamiento físico, casi como un interlocutor con reglas propias.

“Es un material fascinante porque está en permanente transformación, pasa de líquido a sólido, de opaco a brillante, todo el tiempo”, describe. Ese carácter inestable exige una lectura precisa de temperaturas, tiempos y reacciones. “Es difícil de dominar, casi caprichoso, pero al mismo tiempo tiene una lógica muy rigurosa”. En esa tensión entre control y deriva aparece una de las claves de su trabajo. “Me interesa observarlo, entender sus reflejos, ver hasta dónde puede llegar sin forzarlo. Más que imponer una forma, el proceso se construye acompañando la materia, dejando que exprese su potencial en cada estado”, concluye.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/la-chocolatera-formada-desde-los-linajes-mas-influyentes-de-paris-abre-su-propio-camino-con-diseno-nid09082026/

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