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Las aventuras periodísticas del creador de Caras y Caretas

Un día Miguel Terradas se decidió, por fin, a satisfacer los deseos de su abuelo y se puso a escribir una minuciosa biografía sobre el padre de aquel, a la sazón su bisabuelo, apoyándose en un...

Un día Miguel Terradas se decidió, por fin, a satisfacer los deseos de su abuelo y se puso a escribir una minuciosa biografía sobre el padre de aquel, a la sazón su bisabuelo, apoyándose en una abundante cantidad de cartas, anotaciones, fotos y valiosa documentación.

Valía la pena hacerlo: se trataba de reconstruir la vida de Eustaquio Pellicer, el hombre que inventó ese formidable éxito editorial que fue, cuando el siglo XIX se despedía, el semanario Caras y Caretas, una combinación elegante, y profusamente ilustrada, de actualidad, humor y agudas observaciones sobre el mundillo político de aquel entonces.

En 1905 llegó a vender 105.000 ejemplares, una enormidad en cualquier época, pero más en aquella en que la Argentina apenas tenía poco menos de 5.400.000 habitantes. Años más tarde Pellicer fundaría PBT, “revista infantil para niños de 6 a 80 años”, según rezaba en su carátula, otra publicación muy popular que alcanzó los 200.000 ejemplares. Es que Pellicer daba casi siempre en la tecla porque entendía como nadie el gusto popular.

El creador de Caras y Caretas. Aventuras de un periodista (Editorial Maihuen, 2025) es el título que eligió Terradas, administrador de empresas y emprendedor, para contar las peripecias de aquel miembro tan destacado de su familia en un tiempo en el que la modernidad se abría paso de manera formidable con los colosales avances de la electricidad, el teléfono, el telégrafo y el ferrocarril. Pellicieri fue testigo activo, y dio testimonio de ello, de cómo Buenos Aires se empezaba a desperezar de su sueño de aldea provinciana para convertirse en una gran urbe cosmopolita con pretensiones de brillar como una de las grandes capitales de Occidente. Llegó justo para ver con sus propios ojos cómo la principal ciudad argentina asombraba con sus sueños de grandeza que daba a luz magníficos edificios como el Teatro Colón, el Correo Central y el Congreso, entre otros tantos de monumental porte y las mansiones de inspiración parisina que albergaban a las familias de alta alcurnia.

Inquieto a más no poder, Eustaquio Pellicer era una persona de una energía y un empuje pocas veces visto. Con mirada sagaz y espíritu zumbón, remataba su cara un gracioso bigote de manillar -ese tan típico con sus extremos engominados para arriba que era moda entre los hombres de entonces- lo que le daba un aspecto singular.

Casi nunca pasaba inadvertido. No era para menos: además de Caras y Caretas, logró otras hazañas no menos llamativas como haber sido el primero que proyectó cine en Buenos Aires.

Editor inspirado y disruptivo, hasta se dio el gusto de editar en los veranos marplatenses La Rambla, “diario de noticias y crónica social” que hacía las delicias de los veraneantes cuando todavía hombres y mujeres se metían en el mar en zonas delimitadas y distintas, enfundados en trajes de baño que tapaban buena parte del cuerpo. Sarcástico aún en tiempo de vacaciones, calificó a La Rambla de “casi serio, casi ilustrado y casi literario”.

Pellicer había nacido en Burgos el 3 de septiembre de 1859. Lector precoz, ya con solo quince años fundó el periódico Don Javier, que vendía a sus vecinos. Recitaba a voz en cuello los poemas de clásicos y románticos españoles. Pero el humor siempre daba vueltas a su alrededor y el teatro lo atrajo tanto que no solo escribió algunas obras cómicas, sino que hasta llegó a actuar. Arribó al Río de la Plata en octubre de 1886, pero al principio recaló en Montevideo. Probó suerte en el comercio, pero no le fue bien. Lo suyo era el periodismo. Solía ir con sus bolsillos llenos de lapiceras, libretas y papeles con anotaciones de todo tipo.

Empezó con pequeñas colaboraciones en publicaciones menores. En una escapada que hizo a Buenos Aires le prestó atención a la revista Don Quijote que divulgaba pormenores de la vida política argentina y caricaturas muy llamativas.

Pellicer hizo su primer intento con La Pellicerina, modesta pubicación rebosante de humor. “Me producía una ganancia discreta, pero trabajaba como una fiera”, revela en uno de los tantos escritos que Terradas rescata en su libro para desplegar la avasallante personalidad de su bisabuelo. Pellicer trabajó un tiempo en La Razón oriental y se lanzó a hacer Caras y Caretas en Uruguay, con ocho páginas y su editorial ligero e ingenioso. Se hizo muy popular ya que sus ediciones se agotaban rápidamente.

Cultivaba una prosa elegante, juguetona y precisa. Batallador incansable buscaba abrirse paso en cada nueva misión que emprendía, sin descuidar nunca su frente familiar. Casado con Loreto Meléndez, tuvieron tres hijos.

En Montevideo se hizo muy amigo de Bartolomé Mitre y Vedia, el mayor de los seis hijos del fundador de LA NACION, que había nacido en la capital uruguaya durante el exilio de su padre y que visitaba esa ciudad con alguna frecuencia. Bartolito, tal como se lo llamaba en confianza para distinguirlo de su progenitor, el general Mitre, dirigía por entonces este diario e invitó a Pellicer a trabajar en su redacción, razón por la cual se radicó en Buenos Aires en 1892, y allí se quedó hasta su último aliento, en 1937.

Entró pisando fuerte en LA NACION. Su primera gran crónica, sobre el hundimiento de la cazatorpedera de la Marina argentina La Rosales en Cabo Polonio, ocupó toda la primera plana. A partir de ese momento, las coberturas periodísticas más intrépidas quedaron a su cargo. Pellicer tenía 32 años y viajaba por todos lados con tal de aportar sus artículos memorables llenos de hallazgos. En la redacción se hizo de amigos muy queridos, como el gran escritor Roberto Payró y el secretario de redacción Julio Piquet.

Bartolito Mitre no era para nada solemne y en eso también se parecía a Pellicer. Daban rienda suelta juntos, con espíritu juguetón y humorístico, a la sección “A pesca de noticias”, que al general Mitre no terminaba de convencerlo. Muy pronto la mandó a suprimir. Es que temió que LA NACION terminase convertido en un periódico humorístico.

En paralelo, Bartolito tramó con Pellicer armar el periódico Argos que, por distintas razones, nunca vio la luz. Emilio Mitre reemplazaría a su hermano mayor en la dirección de LA NACION desde 1894.

Pellicer seguía prestándole gran atención a las publicaciones satíricas como Don Quijote y El Mosquito. Fue el momento en que se animó a reflotar Caras y Caretas, pero en versión porteña.

Bartolito se comprometió con el proyecto, dándole gran impulso y financiación. El prestigio que emanaba de su nombre y apellido abría muchas puertas. En el folleto de lanzamiento se anticipaba que se trataría de un “semanario festivo, literario, artístico y de actualidades”. Figuraba como director Bartolomé Mitre y Vedia, Manuel Mayol como dibujante y Pellicer como redactor. Corría el mes de agosto de 1898.

Le daba lustre que la dirigiera Bartolito. Además, Pellicer se sentía un poco acomplejado de ser extranjero. Temía que eso le jugara en contra y que predispusiera mal a los lectores y por eso no quiso figurar como director. Es que en el ambiente cultural dominante había cierta corriente adversa a lo español y en cambio se alababa todo lo que proviniera de Francia.

Lo cierto es que Bartolito presentó la renuncia indeclinable a la dirección de Caras y Caretas antes de que la primera edición viera la luz. Otra vez el general Mitre, su padre, había hecho pesar su poder, ya que no veía con buenos ojos que su hijo estuviese al frente de una publicación en la que se iba a satirizar a los hombres públicos. El escritor y periodista entrerriano José Álvarez (más conocido por su seudónimo de Fray Mocho) figuró, entonces, como director.

Pellicer, en tanto, ya pensaba con conceptos de avanzada el periodismo que pretendía llevar a cabo en la nueva publicación. “Yo quería sacar el primer número -confesaba- coincidiendo con el cambio de presidente. Daríamos dos notas: Una de Uriburu y otra de Roca, pero sorprendiéndolos en la vida íntima”.

Caras y Caretas mantiene y potencia las ilustraciones, pero rompe moldes al innovar e irrumpir con la fotografía periodística. Empezaba la era de los reporteros gráficos.

La primera edición salió el sábado 8 de octubre de 1898 con una tirada de diez mil ejemplares y se agotó de inmediato. Costaba 20 centavos, tenía doce páginas en blanco y negro y una tapa en colores. También precursora de la crónica roja, Caras y Caretas incluía cuentos, poesías, viñetas costumbristas, crónicas deportivas y secciones de salud, moda y para los más chicos.

Enseguida salieron a hacerle frente algunos burdos imitadores (Carros y Carretas, Caras sin caretas). Pero no pudieron con ella. ¡Llegó el Caricareta!, voceaban los canillitas en cuanto llegaba a los quioscos, y el que no se apuraba se quedaba sin la revista.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/la-increible-vida-del-creador-de-caras-y-caretas-nid08082026/

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