Lo último en crianza: ser una madre beta
NUEVA YORK.— Días atrás, en el colegio de los hijos adolescentes de esta cronista, preguntaron qué padres tenían chicos que, cuando se sentían mal, sacaban solos sus turnos médicos. Hasta d...
NUEVA YORK.— Días atrás, en el colegio de los hijos adolescentes de esta cronista, preguntaron qué padres tenían chicos que, cuando se sentían mal, sacaban solos sus turnos médicos. Hasta donde se pudo ver, la única mano de mami que se levantó fue la propia.
¿Están entonces estas líneas firmadas por una —muy a la moda, y qué bueno, porque siempre se quiso estar a la moda en algo, lo que sea, cualquier cosa— madre beta? Según un artículo publicado esta semana por The Wall Street Journal, parecería ser el caso.
El texto —como suele ocurrir aquí con cualquier cosa sobre estilos de crianza— se convirtió de inmediato en tema excluyente de conversación, aunque en el fondo definía a la madre beta de manera relativamente simple: alguien un poco laissez-faire, que deja que los chicos sean bastante independientes. El concepto aparecía, sobre todo, en contraposición a las dos grandes corrientes que dominaron la crianza de las últimas décadas: los padres helicóptero y el gentle parenting (o crianza sensible).
Estos dos eran modelos en apariencia muy distintos entre sí. Los padres helicóptero sobrevolaban cada decisión del chico y controlaban todo con precisión quirúrgica para maximizar la excelencia académica, deportiva y extracurricular. El auge del gentle parenting parecía apuntar a lo opuesto, pero terminó añadiendo otra capa de exigencia. Ya no alcanzaba con garantizar el éxito futuro: además, cada pataleta infantil debía transformarse en una oportunidad pedagógica para enseñar autorregulación emocional, empatía y manejo de sentimientos.
La crianza empezó así a exigir, simultáneamente, eficiencia corporativa y paciencia zen. Y todo esto seguía recayendo, de manera desproporcionada, sobre las madres. Contrariamente a lo que podría suponerse, según un estudio de la Universidad de Pensilvania citado en el artículo, cuanto más trabajaban fuera de casa las mujeres, más tiempo les dedicaban a sus hijos. Eso ocurría aun cuando cada vez tenían menos hijos y aunque el tiempo dedicado por los padres también hubiese aumentado.
El concepto aparecía, sobre todo, en contraposición a las dos grandes corrientes que dominaron la crianza de las últimas décadas: los padres helicóptero y el gentle parenting (o crianza sensible)
La madre beta aparece entonces como reacción a varias cosas a la vez. Por un lado, al agotamiento acumulado y a la consecuente pérdida de glamour de la famosa ambición de “tenerlo todo”. Pero también a una sospecha cada vez más extendida: que quizás el retorno de inversión de la crianza hiperintensiva —de cualquier tipo— ya no esté tan claro. En una economía transformada por la inteligencia artificial, nadie sabe demasiado bien qué habilidades garantizarán estabilidad o incluso éxito. Desde un ángulo brutalmente pragmático, empieza a no resultar tan evidente para qué sirve tanto esfuerzo.
¿Quién tiene razón, entonces? ¿La madre helicóptero? ¿La zen? ¿La beta?
¿Quién tiene razón, entonces? ¿La madre helicóptero? ¿La zen? ¿La beta? Esta cronista reafirmó su teoría de que, en realidad, nada de esto quizá importa tanto, cuando el fin de semana último la hija de 16 años tuvo un dolor de garganta feroz. Ella sacó sola turno en la clínica cercana para hacerse un test de estreptococo, tal como recomienda el colegio, pero al llegar descubrió que le exigían la presencia de un adulto. La madre —beta, ¡beta!— estaba en un torneo amistoso de tenis en el suburbio; el padre en una conferencia. La adolescente llamó entonces a una amiga de la madre, mendocina/porteña/neoyorquina, que a los pocos minutos ya estaba ahí.
Es difícil no concluir entonces que para sobrevivir la clave, probablemente, no esté en el tipo de madre que una sea —beta, sensible, helicóptero— sino en la combinación de tener hijos que sepan rebuscárselas y una red de amigos capaces de cubrir aquello en lo que uno inevitablemente falla. Porque, en especial cuando se vive lejos del propio país, a la crianza no la organizan los manuales de parenting sino, en una buena parte, la familia elegida. Esto es un clásico de la historia de la inmigración totalmente ajeno a cualquier tendencia. Pero, no por eso, es menos cierto aunque cambie todo lo demás.