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Pepita La Pistolera y el recuerdo de su hijo: “Fue una muy buena abuela, muy buena mamá”

A Gabriel Triviño, de 50 años, se le viene a la mente una imagen concreta de su madre cuando piensa en ella. Es una escena que no puede recordar, pero que le contaron muchas veces. Una escena que...

A Gabriel Triviño, de 50 años, se le viene a la mente una imagen concreta de su madre cuando piensa en ella. Es una escena que no puede recordar, pero que le contaron muchas veces. Una escena que, para él, sintetiza el cariño y pone de relieve, además, el lado más íntimo y menos conocido de una mujer que dio de qué hablar. Dice: “La veo rezando, con la cabeza gacha, para que yo me salve”.

Esa breve descripción de tono casi sagrado contrasta con otra imagen, mucho más popularizada en el colectivo imaginario, de esa misma mujer apuntando un arma a sus víctimas para robarles y, más aún, de esa mujer matando a dos o tres hombres. También con la vida nocturna en la que se movía, su fuente de trabajo desde que fue copera hasta que se convirtió en dueña de establecimientos propios en Mar del Plata. La mamá de Gabriel era Margarita Graziana Di Tullio, conocida como “Pepita, la pistolera”. El mote se lo ganó cuando en agosto de 1985 mató a dos (o tres, no se sabe con certeza) hombres que habían entrado a su casa.

“Mi mamá era mi mamá. Yo no quiero hacer muy público lo mío porque yo soy otra persona. Aparte no soy el famoso. Acá la famosa es mi mamá, y lo que pasó fue mi mamá. Yo me crie y tuve una infancia bastante jodida con respecto a un montón de cosas, pero traté de llevarla lo mejor que pude”, remarca antes de largarse a hablar casi sin pausas sobre cómo fue crecer alrededor de este personaje ambivalente que fue Margarita.

–¿Por qué decís que tuviste una infancia difícil?

–Si te digo jodida es porque… yo nunca renegué de mi mamá, por su trabajo nocturno, hablando de horarios, ¿no? Ella trabajaba de noche. Igual no mezclaba eso conmigo, no es que decía: “Bueno, vamos a traer a las chicas a casa o vamos a traer droga a la casa”, no, eso no. Mi mamá nos cuidó mucho a nosotros. El tema fue cuando pasó este suceso en el 85. No fue culpa de mi vieja, o sea, no fueron a cobrar ninguna cuenta, nada. Se dio lo que se dio, pasaron esas muertes y no por culpa de mi mamá, sino por culpa de la vida.

Gabriel se refiere a uno de los episodios que puso a Margarita en el centro de la prensa, cuando el 20 de agosto de 1985, tres hombres entraron a la casa donde vivía con su marido y sus hijos. Eran las nueve de la mañana, y ella se defendió a tiros, según declaró. En aquel momento, la investigación policial determinó que no fue una entradera al azar, sino que existía un conflicto previo. Hablaban de un ajuste de cuentas. Su hijo estaba en el colegio, así que el primer impacto fue al volver: la sangre en el piso, la ausencia de la madre. Él se quedó con unos conocidos mientras estuvo detenida. No le querían contar mucho, Margarita tampoco: le mandó una carta diciéndole que había un problema, pero que se quedara tranquilo.

–¿Cómo viviste ese momento?

–Para mí fue muy difícil. Después de eso me cambiaron de colegio, era mitad de año, yo hasta entonces iba a un colegio pago, caro, de doble turno. Y no pude ir más y me pasaron a uno público donde todos los días me agarraba a trompadas por defender a mi mamá, porque muchos me apuntaban: “Tu mamá es una asesina”. Yo tenía nueve años. Todos me miraban. Mamá quería llevarme al colegio y yo le decía: “No, mamá, dejá, me tomo el colectivo”. Además, nos cambiamos como dos o tres veces de casa, nadie quería alquilarle, era muy difícil todo. A eso me refiero en lo que fue mi infancia. Ahora que salió la película todo eso sale a flote, un montón de recuerdos, es como ir devuelta a ese momento, y digo guau, qué duro fue todo, y cómo me la banqué.

–¿Hay algún recuerdo puntual que vuelva a vos?

–Sí, te voy a contar una cosa. Había pasado todo esto. Mi mamá siempre me festejaba el cumpleaños, y había invitado a varios chicos, creo que a todos, porque en ese momento se invitaba a todo, y vino solo uno. ¿Podés creer? Un solo chico a mi cumpleaños. Me ponía a llorar, no podía entender. Fue muy doloroso, eso no me lo puedo olvidar. Después de grande hice mi camino, y la gente me conoció a mí como persona. Ahora, remover todo eso también duele.

–¿Tenés una idea de cómo repercutía esto en tu mamá?

–Yo no puedo decirte mucho, estaría mintiendo si digo que mi mamá lloraba, no me acuerdo. Tenía 10 años, había cumplido en julio, esto pasó en agosto y al otro año cumplí 10. Seguramente mi mamá no lo habrá dejado pasar, no le fue desapercibido. Habrá pensado: “Estos hijos de puta, qué le hacen a mi hijo”. Pero los chicos no tenían la culpa. Hoy tengo un amigo de cuarto grado que es el padrino de mi hijo; yo entré peleándome y nos agarrábamos a piñas, pero nos hicimos amigos para siempre, ¿entendés? El tema es: ¿cómo mi mamá podía decirle algo a los chicos y no a los padres? En ese momento seguro decían: “¿Cómo vas a llevarlo al cumpleaños de esta señora que mató a unas personas o tiene prostíbulos?“. Los chicos no tienen la culpa.

–¿Pudiste ver las cosas de otra forma a medida que crecías?

–Sí, y uno no nace siendo papá, se va aprendiendo con el tiempo. Yo fui papá y nunca supe cambiar pañales, me tuve que hacer; nunca supe cómo calmar al nene hasta que lo tenía que tener en mis brazos con amor y cariño. Y mi vieja para mí fue grosísima, ¿viste? No fue la mejor de todas, se mandó 10.000 cagadas, pero como persona dio muchas buenas manos y tengo muchos testimonios que lo dicen: “Mirá, no es para quedar bien, pero tu mamá me dio una mano acá, me dio una mano allá, tu mamá me ayudó a salir de la droga, me ayudó a salir de una separación porque mi marido me golpeaba”.

Por esa misma época, Margarita regenteaba prostíbulos en la zona del puerto marplatense, y se hizo de un nombre en el circuito nocturno de la ciudad. El negocio les daba un buen ingreso, pero tenía que mantener contenta a la policía. A Gabriel, que todavía era joven, no le gustaba esa parte, no entendía por qué les daba plata a las autoridades, si ya contaban con habilitación, según dice.

Pero en 1997, llegó otra debacle: más de 10 años después del triple asesinato, la mujer ya conocida como “Pepita” volvió a la prensa, pero esta vez por un caso más complicado y que tenía repercusiones a nivel nacional: el asesinato del fotoperiodista de la revista Noticias, José Luis Cabezas, ocurrido en Pinamar el 25 de enero de aquel año. Margarita volvió quedó detenida, y más de dos meses después la liberaron por falta de pruebas. En ese entonces Gabriel sintió que revivía su infancia, esa de 1985.

–¿Cómo fue esa época, volver al foco después de 10 años por otro supuesto crimen de tu mamá?

–En ese momento yo salí en todos lados, y me daba un poco de vergüenza de nuevo toda la situación. Ahora ella era más conocida, otra vez te apuntaban, decían: “Ahí va el hijo de”. Mi mamá nos decía: “Nos están trapeando, yo nunca pisé Pinamar”. Perdimos mucho dinero, con las cámaras siempre ahí, filmando, los clientes no querían ir , las chicas se fueron. No se podía vivir, no nos alcanzaba la plata. Tardamos dos años en normalizarse.

–Su fama despegó en esa época, y empezó a dar notas. Se habló mucho de la visita a Mirtha Legrand: dijeron que había tomado cocaína en vivo. ¿Te contó alguna vez sobre esto?

–Mirá, primero, lo de Mirtha fue al mediodía, era muy tranqui. Para mí fue más fuerte cuando fue a programas más serios, como el de Mariano Grondona, Chiche Gelblung y Mauro Viale, que en horario central, a la noche, tenía mucho más rating. En el almuerzo de Mirtha, había temas que no se podían tocar ni hablar, como los de investigación policial. Después escriben lo de la cocaína, un periodista me decía que mi abuelo le enseñó a boxear, no sé, inventan cosas inchequeables. Son las leyes del juego, es lo que vende. Para mí no era así mi mamá, si tomaba algo era de puertas para adentro, cuatro paredes, no mostrándose drogada antes sus hijos o nietos. Eso es inchequeable. Si hubiera sido así estoy seguro de que me lo habría dicho y nos habríamos reído.

–¿Llegaste a trabajar con ella?

–Primero no quería saber nada. Trabajé de albañil, de mozo, de barman. Trabajé en pescaderías de Buenos Aires de lunes a sábado. Así mucho tiempo sin pedirle nada a mamá. Después me separé, estudié para ser masajista, y me fui a vivir a Europa. Allá trabajé en compraventa de autos, de terrenos. Y un día, en 2002 o 2003, me llama: “Gabi, quiero que vengas conmigo, que no estés más en Europa, que vengas a casa”. Y vine. Me puse a trabajar con ella, estuve unos cinco o seis años. Arranqué como socio con un 10%. Me daba vergüenza que la gente creyera que yo estaba con minas a mi cargo. Nada que ver, las chicas eran como hermanas para mí. Después, cada año me subía el porcentaje.

–Dijiste que al principio no quería saber nada con la noche, ¿por qué después aceptaste?

–Lo hice para darle una mano a ella, porque en un momento dado me dijo: “Quiero descansar un poco, Gabi. En la única persona en la que confío es en vos”. Así que me puse la 10 y empecé a trabajar para ella, pero como una devolución por todo lo que hizo por mí, por cómo me cuidó, me protegió y me salvó la vida. Yo la adoraba, sentía que necesitaba ayudarla. Cuando falleció estuve solo seis meses más, porque si no estaba mamá… yo trabajaba ahí para darle una mano a ella.

–¿A qué te referís con que te salvó la vida?

–Fue una historia muy linda: cuando nací, tenía tres o cuatro días, me estaba por morir. Perdía peso, tomaba la teta, y vomitaba, la mamadera, y vomitaba. Una doctora dijo: “Este chico tiene obstrucción pilórica, hay que hacer una operación de urgencia porque se muere”. Mi mamá dijo, “bueno, no queda otra”. Y se fue. Rezó, rezó y rezó, y dijo: “Si mi hijo se salva le voy a poner de nombre Jesús. Por favor, no lo dejes morir”. Me abrieron, me llenaron de cablecitos, me operaron. Sobreviví, y me puso Gabriel Horacio Jesús. Yo estoy muy agradecido con mi mamá porque estoy vivo gracias a ella. Después se repitió la historia: en el 85. Aquel día yo no estaba, pero si hubiese estado, podría haber pasado otra cosa. Trabajar con ella fue como una devolución.

–Muchas cosas que contás reflotaron ahora con la película, ¿la viste?

–Sí, dos veces. El día del preestreno y el del estreno oficial. La primera vez fui solo y fue muy fuerte, muy sorpresiva. La segunda fui con mis hijos y mi nieto. Para ellos también fue muy fuerte, aunque no vivieron esa época. Se centran mucho en lo del 85. Hay cosas que no pasaron, pero entiendo que fue para darle cierta historia. Está muy bien reflejado que mi vieja defendía mucho a las chicas, las trataba bien, en eso estuvo acertado. Nunca pasó nada raro con ninguna chica, siempre estuvieron cuidadas, del boliche al hotel. Si había algún tipo violento, mi vieja salía a defenderlas: “Flaco, no me tocás una piba”. Pero en la película tuvieron que enfocarse en una historia con “el loco de la ruta”, que mataba prostitutas, y mi vieja tratando de defenderlas.

–¿Creés que a ella le hubiera gustado?

–Mirá, nunca van a actuar igual a cómo uno es, pero creo que mi vieja hubiera estado contenta de que quisieran contar su historia. A mi vieja le gustaba salir en los canales.

–¿Hay algo sobre ella que no se diga, que no se sepa, y que a vos te gustaría que se conozca?

–Sí: al final de la película dicen que Margarita Di Tullio estuvo tres años presa por los homicidios del 85. Se equivocaron, mi mamá no estuvo tres años presa por defenderse. La condenaron a tres años en suspenso por legítima defensa, pero solo estuvo tres días presa. Es un hecho, está en el expediente de la causa judicial. También me gustaría que se sepa lo generosa que fue. Fue una muy buena abuela, muy buena mamá.

–¿Qué imagen se te viene primero a la cabeza cuando pensás en ella?

–La veo rezando, con la cabeza gacha, para que yo me salve de bebé, a los tres días de haber nacido.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/pepita-la-pistolera-y-el-recuerdo-de-su-hijo-fue-una-muy-buena-abuela-muy-buena-mama-nid14092026/

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