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Rarezas que no pasaron por los cines y son verdaderas joyas para descubrir en streaming

La culpa la tuvo el cine. La culpa la tuvo la televisión. La culpa la tuvo el VHS. La culpa la tuvo el cable. La culpa la tuvo internet. La culpa la tuvieron las redes sociales. Ahora la culpa la ...

La culpa la tuvo el cine. La culpa la tuvo la televisión. La culpa la tuvo el VHS. La culpa la tuvo el cable. La culpa la tuvo internet. La culpa la tuvieron las redes sociales. Ahora la culpa la tiene el algoritmo y sí, amigos, nuestra tendencia a respetar la ley del menor esfuerzo siempre permite que le echemos la culpa a alguna otra cosa de nuestra pereza para buscar entretenimiento. Porque lo hay, mucho y de calidad, en la miríada de sitios a los que podemos acceder pagando (o no, que la gratuidad no se ha agotado). El problema es que nos dejamos llevar por lo primero que aparece.

Como hemos dicho en otras páginas, una parte del encanto de disfrutar de una película en casa tiene que ver con el proceso de selección, con ir más allá de lo que “el algoritmo” nos muestra. Recuérdese que “el algoritmo” es nada más que una reiteración mecánica de nuestros propios hábitos. Si uno bucea detrás de la vitrina, aparecen las joyas, el cine gourmet, la diversión champagne. Es cuestión de romper la costumbre. Esta vez vamos con nombres grandes en películas que, salvo en un caso y medio (verán por qué decimos tal cosa) no tuvieron estreno comercial en nuestro país. Y es probable que esa característica sorprenda para alguno de los títulos en cuestión. Garantizamos que, aunque sabemos que es siempre cuestión de gustos, son todas películas satisfactorias y de muy variado tono y género.

Uno de los personajes más interesantes de Hollywood desde los años 80 es el señor Shane Black. De hecho, tiene nombre de personaje de Hollywood. Imaginen “Las aventuras de Shane Black” o, quizás y por qué no, “Shane Black y el último cameraman”. Empezó como actor y guionista hasta que redefinió el cine de acción. No sólo por ser uno de los mercenarios (el que muere antes, casi) en Depredador, sino porque creó la serie Arma Mortal con Mel Gibson y Danny Glover. Ya ahí se notan tres características: la mezcla de acción y humor (muchas veces puro golpe y porrazo, muchas veces negrísimo), los diálogos vivaces e inteligentes, la aparición de la familia, la paternidad o los niños en medio de tramas peligrosas. Después escribió El último Boy-Scout y siguió con guiones hasta que, en 2005, firmó su ópera prima Kiss Kiss Bang Bang o Entre besos y tiros (HBO Max), que no sólo es una muestra perfecta de estilo y manías, sino un gran film que sólo circuló entre nosotros en video. Hoy es algo así como una película de culto.

La historia de un tipo en la mala (Robert Downey Jr., que por entonces estaba también él mismo “en la mala”) que pasa de ser un ladrón de poca monta a una potencial estrella de Hollywood, sólo para mezclarse con un detective (Val Kilmer) que por un lado asesora películas y, por otro, persigue criminales, es algo más que el borrador de Dos tipos duros, esa joyita con Russell Crowe y Ryan Gosling, quizás la mejor película de Black. Lo que no implica que Kiss Kiss... no sea buena: tiene todos los giros oscuros del mejor policial negro, incluye algo de romance, y está llena de giros inesperados. Lo más interesante es que aún con su tono zumbón y cómico, nunca se toma en broma el crimen, el dolor o la muerte. Black volvería a trabajar con Downey dirigiéndolo en Iron Man 3 (con mucha diferencia, la mejor “en solitario” del personaje insignia del Universo Cinematográfico de Marvel).

Otro policial, pero con un tono decididamente más oscuro, es Heist: Un plan perfecto (HBO Max), que pertenece al subgénero “ladrones elegantes-robos espectaculares”. Pero esa es sólo la cáscara (lustrosa y colorida, por cierto) de la verdadera fruta: una historia sobre manipulaciones -del mundo, de las apariencias, de las personas- y del ejercicio del poder. Lo que, después de todo, es el núcleo de la poética del escritor David Mamet, dramaturgo y guionista. Es raro, pero aunque conocemos muchos de sus guiones (Los intocables, No somos ángeles, Será justicia, Ronin, Wag the Dog, El precio del poder y otros) casi no han pasado por las salas los films que dirigió (apenas Casa de juegos e Identificación de un homicidio a principios de los 90, la comedia Las cosas cambian y poco más) y sí han poblado los anaqueles de infinitos videoclubes.

Mamet es, por otro lado, un gran dramaturgo (bastante adaptado también en nuestros escenarios) y sus temas (la tradición, el control del azar, la manipulación y la idea de que lo que vemos es una farsa detrás de la cual otros manejan los hilos) han generado una poética propia que combina estos elementos casi filosóficos con las grandes tradiciones de los géneros de Hollywood. En esta película, Gene Hackman es el líder de un grupo de perfectos ladrones de guante blanco que trabaja para un mafioso (Danny DeVito) y quiere jubilarse. El problema es que sus mandantes no se lo van a permitir, y lo que sigue es un tenso juego de poder con actuaciones brillantes que, además de los nombrados, incluyen a Delroy Lindo, Rebecca Pidgeon -esposa y socia de Mamet- y a Sam Rockwell. Hay suspenso, ingenio y tragedia, todo perfectamente equilibrado.

Cuando se estrenó en la Argentina A Night At The Roxbury (cuyo título vernáculo, absolutamente inadecuado, fue La revancha de los nerds) muchos la odiamos. Mea culpa: no la entendimos y estábamos más bien desconectados del mundo de Saturday Night Live de aquellos 90. Así que los nombres de Chris Katan y, especialmente, Will Ferrell, no nos decían nada. Hoy podemos reevaluarla y reverla en Netflix, y de paso decir que cometimos un error gigantesco. A Night... narra las desventuras de dos muchachones millonarios pero -para decirlo suavemente- irreparablemente grasas, los hermanos Doug y Steve Butabi. Hijos de un inmigrante que se logró el Sueño Americano, su afición es salir de noche y recorrer boliches, aunque hay uno en especial -el Roxbury del título- que les impide obstinadamente la entrada. Los personajes, surgidos del programa cómico hoy académico y alguna vez vanguardia, son dos alienados que viven en un mundo propio, y suman a esta desconexión absoluta de la realidad una torpeza que logra momentos surreales (“rompí la ventana de nuevo”).

La trama, que pone en riesgo la unión absoluta entre los hermanos, alcanza cotas de surrealismo notables con el personaje de Chazz Palminteri, el más que cameo de Richard Grieco y la aparición de Molly Shannon, una actriz cómica impecable que, desgraciadamente, Hollywood utilizó luego más en dramas que en comedias (pero igual vean su protagónico en Superstar, de nada). Esta película inauguró no sólo a SNL como productora de películas, sino que rescató un estilo desvergonzado y alejado del canon narrativo tradicional para la comedia, aquel en el que alguna vez brilló -sigue brillando, no lo duden- Jerry Lewis. Eso sí, requiere que el espectador deje los prejuicios en el placard.

Y algo parecido sucede con una película en las antípodas estilísticas, estéticas y formales de A Night... Se trata de Una vida oculta (Disney+), lo mejor que hizo ese extraño realizador americano llamado Terrence Malick después de La delgada línea roja, y bastante en la línea formal de su desconcertante ganadora de Cannes El árbol de la vida. Muchas veces se dice de una película que es “poética”, y el espectador tiene todo el derecho del mundo -incluso la obligación- de desconfiar tanto de quien la use como del film al que le agregan la etiqueta. Pero en este caso, es la descripción más precisa.

La película transcurre en Alemania, en 1944, y cuenta la historia de un campesino llamado al ejército que comete un pequeño pero definitivo acto de rebeldía contra los nazis. Eso y cómo pasa el tiempo desde que es encarcelado hasta su condena, y lo que sucede con su esposa y sus hijos en el pueblo donde vive. Malick muestra la vida en la cárcel y los maltratos en contrapunto con el trabajo del campo, la vida sencilla y bucólica de su familia. Hay diálogos, pero no siempre ni de manera tradicional: mucha voz en off reflexiva, y lectura de cartas entre el hombre y su esposa. Pero más allá de esto, lo menos convencional es cómo está filmada: muchas de las secuencias están realizadas con cámaras muy cercanas a los actores, a veces en movimiento constante, y con ángulos muy amplios que al mismo tiempo capturan la realidad y la deforman hasta que se compone casi como una pintura. Por momentos, recuerda algunas de las películas menos convencionales del ruso Alexander Sokurov. Puede aburrir, pero si el espectador decide darle una chance y disfrutar de las imágenes y el constante devenir de la historia, la recompensa es mayúscula. En cierto sentido, es también un film religioso, o uno contemplativo donde el que contempla es Dios. Rareza, sí, pero muy bella. Esta tuvo un estreno “chico” y casi invisible en la Argentina, así que es la “media”.

Y quizás recuerden que el año pasado se vio en la Calle Corrientes la comedia musical Heathers, directamente desde Broadway. Los aficionados al cine (otro día discutimos si vale la pena continuar usando “cinéfilos”) nos sorprendimos porque sabíamos que se basaba en una película que en los Estados Unidos era de culto y que aquí ni siquiera tuvo estreno formal aunque brillaba en los videoclubes. El film Heathers (Mubi) es una joya de humor negro que lanzó a la fama a varios de sus protagonistas, entre ellos la pareja central Winona Ryder – Christian Slater en aquel lejano 1988.

El autor del film es Michael Lehman, a quien ya mencionamos cuando recomendamos Hudson Hawk (de paso... ¿Ya vieron Hudson Hawk? ¿Qué esperan?), un comediógrafo con grandes títulos en su haber, entre ellos los mencionados más Cabezas huecas -hablaremos de esa película cuando alguna plataforma se digne a subirla- y La verdad sobre perros y gatos. Pero Heathers es, sin duda, su película más personal. Una jovencita (Ryder) es la “nueva” en un college donde las chicas populares son un grupo de insoportables llamadas, todas, Heather. Igual que la protagonista, de paso, que es, un poco contra su voluntad (y un poco sí: el film hunde un cuchillo en las ambigüedades adolescentes) adoptada por ellas. Pero también hay un chico romántico, con discurso comprometido, que está en contra de las frivolidades, de las exclusiones, de las “heathers”. Tan idealista es que, por amor e ideales, es capaz de asesinar.

Heathers anticipa 30 años los desbordes autoritarios y estúpidos de la corrección política cuando tal etiqueta era un chiste. Y, contra cualquier prejuicio, no toma partido. Si el film además tiene un aire de familia con los de Tim Burton (Winona, de paso, venía de hacer Beetlejuice) es porque la productora fue la histórica socia del autor de Ed Wood, Denise Di Novi, y se nota en la puesta en escena colorida, satírica y cruel al mismo tiempo. Heathers es una joya del cine, una rareza de culto y un grito en el desierto.

Seguiremos a la caza. Que disfruten de estos títulos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/cine/rarezas-que-no-pasaron-por-los-cines-y-son-verdaderas-joyas-para-descubrir-en-streaming-nid11072026/

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