Vincent Delecroix: “La frontera entre la humanidad y la inhumanidad es muy tenue”
PARÍS.- Vincent Delecroix es filósofo y novelista. Especialista en la obra de Søren Kierkegaard, es profesor de filosofía de la religión en la prestigiosa École Pratique des Hautes Études de...
PARÍS.- Vincent Delecroix es filósofo y novelista. Especialista en la obra de Søren Kierkegaard, es profesor de filosofía de la religión en la prestigiosa École Pratique des Hautes Études de París, por donde pasaron, entre otros, Alexandre Kojève, Jacques Lacan, Georges Bataille y Claude Lévi-Strauss. Su obra se sitúa en la intersección entre filosofía y literatura, y explora temas como la pérdida, el duelo, la salvación y el sacrificio. En su última novela, Naufragio (De Conatus, 2026), finalista del Prix Goncourt y del International Booker Prize, parte de un caso real, ocurrido la noche del 23 al 24 de noviembre de 2021, cuando una embarcación de migrantes que intentaba alcanzar las costas británicas se hundió en el canal de la Mancha, provocando la muerte de al menos 31 personas, entre ellas mujeres y niños. La noticia adquirió repercusión en Francia, al hacerse públicos los llamados de auxilio a los servicios de rescate costero, conversaciones que suscitaron una profunda indignación por la absoluta indiferencia de la operadora francesa. Delecroix retoma esta tragedia como punto de partida de su novela, donde interroga al lector sobre cuestiones como la responsabilidad, la imaginación moral, la empatía y la salvación.
“Me importa mucho el carácter contingente de la escritura -dice Delecroix-. Lo que se leía en los diarios eran las conversaciones grabadas entre la operadora y los náufragos: eso fue lo que me impulsó a escribir. En fin, la interlocución, o la ausencia de interlocución, que aparece en la primera y última frase de mi novela: ’Yo no te pedí que te marcharas’ y ‘No te salvarás’. Sabía desde el comienzo que esta última sería el cierre del libro, por su carácter perfectamente ambiguo”.
-¿Siempre empieza a escribir por la primera frase?
-Siempre necesito la primera y la última frase; si no, me pierdo. No una idea: una frase, algo en lo que oigo la voz. La primera pone en marcha la escritura; la última la mantiene en tensión y evita que se agote. Necesito dos polos que tensen la escritura. Eso definió la propia naturaleza del libro. Una novela sobre la palabra: la voz y la escucha. Y toda la ambigüedad de la última frase, “¿No oyes? No te salvarás”, confería precisamente su importancia fundamental a la idea de la palabra. ¿Qué es oír? ¿Y cuál es la relación entre oír y ser salvado?
-¿Oír, o ser oído?
-Son las dos cosas, porque la frase de la operadora habla del otro, claro, pero también de sí misma, aunque sea sin saberlo. Porque es ella quien no salvará su alma si no oye. No salvará su alma si no oye la llamada, en todos los sentidos de la palabra: la llamada de auxilio, la llamada de la conciencia moral, la llamada material, la voz. Si no consigue oír, comprender y escuchar, no se salvará. Y esa es precisamente la razón por la que no se salva, porque no ha oído, o se ha negado a oír.
-¿Podría decirse que el título Naufragio sugiere una pérdida o un derrumbe, incluso de dimensión política?
-Sí, totalmente. La propia situación de estos personajes anónimos es que ya están perdidos, incluso antes del naufragio: corren hacia su perdición, porque están perdidos en medio de las aguas. Ya no tienen puntos de referencia, ya no hay luz. Por eso, el mar es el mal. Quería, sobre todo, captar el instante en la noche completamente opaca, que es la noche moral, las tinieblas absolutas. Y plantear la pregunta: ¿qué es estar perdido para todo el mundo? Estar perdido es dejar de ser alguien, para quien sea. Mi idea era que todos estamos en esa noche; estamos perdidos en esas tinieblas. No quería escribir ni un tratado filosófico sobre la condición del exilio, ni un panfleto o un texto político. La novela tiene otra vocación, que es doble: captar la singularidad, algo muy difícil para la filosofía, y elaborar la imaginación productiva: eso es imprescindible. En esta novela el problema es la falta de imaginación. Lo que caracteriza a mi personaje no es simplemente que no oye; es que no ve. La imaginación es una facultad moral: si eres incapaz de imaginar lo que ocurre, de imaginar el sufrimiento, el miedo, la angustia ajena, eres indiferente.
-Paradójicamente, la protagonista lo dice explícitamente: “ser moral requiere un mínimo de imaginación”.
-Por eso, en cierto modo, la novela también es moral; es una obra de imaginación destinada a hacer ver, a mostrar lo singular. Pero la novela solo funciona si primero se suspende el juicio moral. Cuando leí las palabras transcritas en la noticia, mi primera reacción fue la indignación, el juicio moral inmediato: “¿Cómo es posible decir eso?” Ahora bien, si planteas esa pregunta en el lenguaje del juicio moral, la respuesta ya está dada: solo un monstruo puede decir tales barbaridades. Pero si pones un signo de interrogación, es decir: ¿cuál es la naturaleza de la persona que pronuncia esas palabras?, entonces te adentras en la novela. Porque intentas construir un personaje que pueda decir esas cosas, y por qué las dice.
-Un tema implícito en su libro es la reflexión de Hannah Arendt acerca del mal. Ella relaciona la falta de remordimiento con una incapacidad para juzgar, para pensar; sobre todo, desde el punto de vista del otro.
-En primer lugar: cuando escribo una novela, escribo una novela, no escribo filosofía. Pero, en un tema como este, es inevitable que resurjan mis lecturas filosóficas. Y Arendt me vino inmediatamente a la mente. Lo que he intentado mostrar es que la frontera entre la humanidad y la inhumanidad no solo es muy tenue, sino que es una frontera que atraviesa a cada uno de nosotros. Y es cambiante, casi a cada instante del día. Esa frontera que podemos llamar indiferencia, o falta de empatía, la cruzas a diario. Y eso es lo que hace ella. Solo que, en su caso, en el momento en que cruza esa frontera se producen actos irreversibles.
-Justamente, Arendt afirma que vivir en compañía de uno mismo significa hablar consigo mismo. Es decir, hay que soportar estar con uno mismo.
-Esa frase de Arendt es genial. Toda la idea de la escritura consistía en penetrar en esa conciencia: con todo lo caótico, contradictorio y fluctuante que tiene. La escritura debía adaptarse a eso. Y eso enlaza con la cuestión arendtiana: ¿qué es hablarse a uno mismo? Es el nacimiento de la conciencia moral. Y lo último que me parece genial de Arendt, es la idea de que el problema es un defecto de juicio, y que el juicio está ligado a una posición. Y una posición significa la posición del sujeto. Eso es precisamente el tema central de mi libro; incluso topográficamente: dónde hay que situarse, en qué lugar exacto hay que situarse para expresar un juicio claro y para ver las cosas, para verlas con claridad. Y eso nos lleva a la segunda figura esencial: Pascal.
-¿De qué modo?
-Pascal compara el juicio moral con la posición del espectador ante un cuadro (en este caso, se trata de un espectador de un naufragio); esto tiene que ver con la perspectiva en la pintura clásica. Hay un punto desde el que se ve bien: si estás demasiado cerca, no ves nada; si estás demasiado lejos, tampoco ves nada, no entiendes nada. Hay, pues, un punto, un único punto, en el que hay que situarse para comprender la obra. Y Pascal dice: el problema es que en la moral no hay ningún punto. No solo carecemos de criterios: no tenemos posición. O estamos demasiado cerca, o demasiado lejos. Y esa es la razón por la que toda la tercera parte del libro se pregunta: ¿qué significa estar en la orilla? Es estar en el límite, con la tierra a la espalda, el mar delante, es decir, el mal, el naufragio. ¿Y estoy solo en esta orilla? ¿O más bien está toda la humanidad?
-¿Comparte la lectura de Hans Blumenberg sobre la idea de que embarcarse es apostar, un convencerse de que la vida ya está en juego?
-Por supuesto. Eso es Pascal leído por Blumenberg: “Estás embarcado”. Esa frase está en el fragmento pascaliano de la apuesta, “hay que apostar”. Pascal se dirige a un libertino que dice “me niego a apostar”, a lo que Pascal responde: “No puedes, estás embarcado”. Uno no puede abstraerse, no puede dejar de apostar, se está siempre sumergido en la vida.
-En otro momento, la protagonista cita textualmente a Lucrecio: “Suave mari magno…” . ¿Por qué poner en boca de este personaje tan banal las palabras de Lucrecio?
-Lo que yo quería era mostrar que, de hecho, el personaje podía aglutinar un montón de cosas. Y que eso también formaba parte de la confusión: ¿quién habla realmente? Ese personaje me resultaba repugnante, distante, ajeno; y al final, tenía la impresión de que era yo quien hablaba. ¡Es horrible! Era yo quien decía esas atrocidades, quien acababa diciendo “yo no te he pedido que salgas”, o quien podría haberlo dicho, ¿entiendes? Y la idea era esa: que, al cabo de un rato, lo que oyes son tus propias palabras, es decir, las palabras de cada uno.
-Volvemos a Arendt, que dice que, en determinadas condiciones, cualquiera podría haber hecho lo mismo.
-Exactamente. Y volviendo a la cita de Lucrecio, hay una paradoja evidente. Esa frase, para nosotros, es insoportable. ¿Es cinismo, es ironía? En absoluto. En De Rerum Natura, Lucrecio define la posición del sabio como aquel que observa desde cierta distancia, aquel que permanece en la orilla. Esa posición del sabio, ahora, es el monstruo. El sabio epicúreo es indiferente: mira incluso con desprecio a quienes se han embarcado, a quienes se han entregado a los avatares del destino.
-¿Qué le sugiere esto en relación con su profesión y con su papel de filósofo en la sociedad?
-Es precisamente el malestar. En el curso de Foucault en el Collège de France sobre el valor de la verdad , hay una observación un poco irónica donde habla de sí mismo: “Si hay alguien que no siente el coraje de la verdad, ese es el profesor de filosofía”. Sócrates representa el valor de la verdad, es el verdadero filósofo, aquel que practica la parresía, es decir, la franqueza hasta la muerte: le cuesta la vida. Pero, siguiendo a Foucault, estoy en buena posición para saber que enseñar no requiere un valor extraordinario. Esta cita bien podría haber sido de Kierkegaard, que tiene el mismo criterio: “El profesor de filosofía es aquel que asume la verdad sin asumir los efectos de la verdad”. En este sentido soy kierkegaardiano y también foucaultiano; hay una posición desagradable, muy incómoda, del profesor de filosofía y del filósofo. ¿Qué es usted, en realidad? ¿Es usted el sabio, o es usted el monstruo? Ambas cosas a la vez.
-¿Podemos interpretar la reacción de la operadora como una forma de negación de la pérdida? ¿De nuestra postura frente a la pérdida?
-La ambigüedad fundamental es que es a la vez su postura y la nuestra. Siempre hay un lugar vacío de aquel que no está ahí. Viene de Winnicott: falta alguien, aunque no falte nadie. Y hay una forma de defensa que consiste, de hecho, en no querer ver ese vacío en el ser. Porque, de lo contrario, es el mundo entero el que se derrumba.