Volar roto también es volar
El sueño de volar, esa figura retórica que en el plano onírico se interpreta como un anhelo de libertad, de superar los límites, tiene también una acepción literal, física, directamente rela...
El sueño de volar, esa figura retórica que en el plano onírico se interpreta como un anhelo de libertad, de superar los límites, tiene también una acepción literal, física, directamente relacionada con el deseo de dominar el aire. El sueño de volar es lo que en la Historia movió a artistas como Da Vinci a estudiar la anatomía de las alas para crear sus revolucionarias máquinas tres siglos antes del primer globo aerostático de los Montgolfier. Y es lo que definió, también, la pasión de cantidad de aviadores y de bailarines. En la historia de este otro Leonardo confluyen las dos cosas: desde el chico que arroja avioncitos de papel al mausoleo de Jorge Newbery, en el cementerio de la Chacarita, hasta el hombre que antes de los cincuenta logra doblegar a la muerte, se aferra a una vía luminosa que se filtra por un resquicio y logra amplificarla para transformar su vida. En el medio, atraviesa más de una tormenta con un solo motor: “Mi salvavidas fue la danza”, dice.
Volar roto es el debut como autor de teatro del bailarín Leonardo Reale (cuesta decir “retirado”, si no hace tanto estaba en el escenario del Teatro Colón haciendo de las suyas como Sancho Panza). Se trata, justamente, de una pieza basada en su biografía, un recorrido por momentos determinantes de su carrera y de su vida que, vistos en retrospectiva a corta, mediana y larga distancia, lo confrontan con situaciones que lo llevaron a ser quien es hoy. Esta vez, él se queda debajo del escenario; para eso están Emiliano Pi Álvarez (con un notable parecido físico a aquel joven que Reale fue) y el actor Sebastián Pajoni, que asume una galería de personajes cruciales. Están el aviador que su abuela tanto admiraba y que murió en una tragedia sin cumplir el ansiado cruce de los Andes; el compañero de colegio que antes de que le dijéramos bullying acosaba al aprendiz de bailarín con el grito de “maricón”; un Jorge Donn que con su Bolero, en Los unos y los otros, le despertó la pasión, y que revive aquí caracterizado como anciano para seguir aconsejándolo. Y también asiste a la cita la Muerte, que deberá reservarse su carácter implacable para otro cuerpo, no este. Para otra voluntad, no la de Reale. Para otra oportunidad, no ahora.
Hace casi dos décadas, cuando iniciaba su camino como embajador de la paz, entrevistaba por primera vez al bailarín en LA NACION –mucho antes lo había conocido en el escenario-. En esa oportunidad, el Teatro Colón celebraba su centenario y el Correo Argentino había diseñado una estampilla conmemorativa con su salto eterno en Diana y Acteón. Un vuelo, por supuesto. Tenía 33 años y, a pesar de su característico optimismo, un diagnóstico médico lo tenía como a Damocles bajo la espada. “Un disco está presionando la médula espinal y eso me provoca electricidad en las piernas y en los brazos. Así que me van a hacer una cirugía para sacarme ese disco y ponerme otro. ¡Es que ya me cansé de este disco! En 2009 vuelvo. Tiene que ser. Quiero bailar otra vez”. Ese es el espíritu que lo identifica.
Su carrera continuó sobre todo como maestro de ballet, coreógrafo, director de sus propias obras, además de promotor de una cruzada solidaria con Unicef, Danzar por la paz, que se afianzó en el calendario. A comienzos de 2024 supo que tenía un cáncer y esa batalla sí que fue mucho más cuerpo a cuerpo. En la obra (que sube a escena los miércoles, a las 20, en la sala Cortázar del Paseo La Plaza) se lo ve cerca de perder, pero nunca de rendirse. A esta altura todos sabemos que ganó, porque como aquella vez cuando en medio del Festival de La Habana la música lo abandonó y tuvo que seguir en completo silencio la variación de El Corsario, en esta última contienda se enfocó en la sanación sin soltar a la danza. “Porque, incluso roto, uno puede volver a volar”.
La mesa roja, recuerdo de aquel Bolero que inmortalizó a Donn, termina rodeada de aviones de papel que viajan desde la platea. Tal vez alguien sueñe con dominar el aire, una vez más.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/volar-roto-tambien-es-volar-nid11092026/