El equipo más humano de todos conmovió hasta los que éramos ateos de la selección
Este equipo de Lionel Scaloni entró en el corazón, incluso, de los que éramos ateos de la selección. Descreídos en un sentido general, guiados por un sentimiento de lejanía hacia protagonista...
Este equipo de Lionel Scaloni entró en el corazón, incluso, de los que éramos ateos de la selección. Descreídos en un sentido general, guiados por un sentimiento de lejanía hacia protagonistas inalcanzables, blindados e indiferentes a gestos empáticos, como muchos se mostraban años atrás. Escépticos no por llevar la contra por gusto ni por antipatria. Simplemente, por un sentimiento que no fluía. Algo faltaba en ese ida y vuelta. Mucho más afines al fútbol de los domingos, con todas sus desprolijidades y sospechas a cuestas. Un fútbol que, al fin de cuentas, nos dirigía directamente a colores más abrigados. Clubes grandes, medianos o pequeños. Federales, de norte a sur de la Argentina, o de barrio, con el orgullo del pago chico. La selección era otra cosa. Dato no menor: era.
Esta selección achica las distancias sin que sean necesarios slogans de Perogrullo. Lo hace con palabras, gestos y un orgullo competitivo que llama la atención de los más reticentes. Se muestra más humana, vulnerable, con los problemas de la vida cotidiana a cuestas. Dificultades con las que cualquiera podría sentirse identificado. Ríe y, mucho más difícil, llora en público, una proeza en los tiempos modernos que resquebraja la figura de los tipos duros. Vaya paradoja. Porque a la vez son los tipos más duros, los que nunca se rinden. Esta selección es humana. Y para nada es poco.
Lo mejor de Argentina vs. EgiptoEgipto vs Argentina - Mundial 2026Así como el equipo sostiene los resultados desde la gesta de Qatar 2022 también mantiene intacta la ligazón con la gente. Una comunión que creció poco a poco a partir de esa imagen que trascendió el campo de juego y, mucho más, las pantallas. A Scaloni y Messi les pasan y los afectan las mismas cosas que a todo el mundo. Las dificultades, los enojos, las angustias y las lágrimas los vuelven terrenales.
Scaloni, un DT que saluda, mira a los ojos a sus interlocutores -salvo que un nudo en la garganta el impida seguir la charla- y que en el banco de suplentes no pierde la compostura, habla sin empachos sobre su sensibilidad. “Siempre me emociono. A veces salen las lágrimas. Hoy salieron en el vestuario también. Los chicos hasta me dicen la llorona, pero no me importa”, soltó, con naturalidad, un entrenador capaz de solidarizarse con Venezuela por los terremotos que dejaron miles de muertos y a la vez con familias de Casilda, localidad santafesina vecina de su Pujato natal, después de una tragedia como consecuencia de un incidente de tránsito. Todo en pleno Mundial, ya que la selección se trata de mucho más que fútbol.
A los 39 años, capitán en todo sentido, sobre todo en la adversidad, Messi juega el mejor Mundial de su vida. Ya no es aquel veinteañero que se ofuscaba. Ahora es un hombre maduro, padre e hijo, con la mente en Rosario y las inquietudes familiares que acarrea el inevitable transcurrir de los años. Cuentan que en la concentración argentina Lionel sopló las velitas el 24 de junio y pidió “felicidad y salud” para sus seres queridos.
Esa madurez fue la que le permitió abrirse después del partido contra Argelia, cuando dijo todo sin decir nada sobre un problema personal. “La verdad, totalmente ajeno a lo deportivo, pasé unos días difíciles, complicados. Estoy agradecido a toda la delegación, a mis compañeros. Estuvieron siempre, como siempre, al lado mío”. Se llevó el respeto de la mayoría, sin repreguntas ni intromisiones, salvo por algún hecho aislado. No había nada que aclarar en aquel entonces. Tampoco ahora.
Messi hoy se permite llorar y hace llorar de emoción a buena parte de los argentinos. Grandes y chicos. Suspira delante de las cámaras y se saca de encima la angustia. Como cualquiera. Sólo que él lo hace ante millones y millones de miradas, con una carga y mezcla de sensaciones que todos comprenderíamos. Porque en ese único momento es fácil ponerse en sus botines. No para patear una pelota, por supuesto, pero sí para entender qué pasa dentro suyo. Contagia. Dan ganas de abrazarlo. No al mejor jugador del mundo. Al hombre.
Si no habrá que escuchar a un excompañero suyo, Thierry Henry, que dio unos pasos más allá de la cancha tras la victoria ante Egipto. “Primero, mírenlo llorar y lo mucho que significa para él y el equipo. Eso muestra cuánto significa el fútbol para él. Pero antes que nada nos recuerda que es humano…”, dijo el francés, que compartió con el crack parte de los buenos tiempos de Barcelona y que ahora es comentarista de la cadena Fox Sports.
Otro que no disimula lo que siente es Dibu Martínez, capaz de soltar sin misterio que se rompió un dedo poco tiempo antes de jugar un Mundial o de admitir, como este martes, que desde el arco no pudo “ayudar” a ninguno de sus compañeros. “Esa sensación de irme a casa sin poder ayudar nunca la tuve acá, en la selección”. Son palabras que suenan increíbles luego de una remontada que quedará en los libros. Actitudes de estos días, pero que llevan un buen tiempo como credencial de este equipo.
Esta selección argentina genera identificación, pertenencia. Alcanza con hacer la prueba en estos febriles tiempos mundialistas. Todo es mejor cuando juega la selección. La calle parece distinta, como si los inconvenientes se esfumaran por un rato y aflorara otra energía, como si de verdad se pudieran olvidar las grietas. Y, por fortuna, estos buenos ratos se extienden desde hace años. Más allá del apuro por llegar a tiempo a sentarse frente a las pantallas, la gente parece más contenta, amable y servicial porque estos colores dejaron atrás las fisuras. Todo gracias a un puñado de hombres recios que se niegan a aceptar derrotas. Hombres sensibles, al fin, para construir una selección más cercana y humana.